varias 9
La Copa de vino
22 de abril de 2009 a
las 11:14
La noche calurosa me sugirió ir a comer unas porciones a La Continental. Allí se notaba el clima fresco de los acondicionadores de aire, y solo en una mesa esperé mi pedido.
Los demás parroquianos charlaban animadamente: la pareja se arrullaba, los niños corrían entre las mesas, aquel hombre golpeaba su diario y se enojaba con su celular.
Todo transcurría de manera previsible. Al fin llegó el mozo con las porciones y el vino tinto y me dispuse a saborear ese manjar.
Luego de unos minutos, me sorprendí al verla allí, casi rozando la silla vacía frente de mí. Me miro con sus bellos ojos y sentí en su mirada una súplica.
Tomé la copa de vino y, como convidándola, sorbí un trago. Ella comprendió mi silencio, pero rodeó la mesa y desapareció tras de mí.
No me di vuelta pues me pareció de mal gusto, pero ansiaba con verla otra vez.
Continué con mi cena y al cabo de unos minutos, al levantar la vista, estaba otra vez frente a mí. Grande fue mi sorpresa y la de ella pues volvimos a mirarnos dulcemente.
Con sus labios apenas besó mi copa y me di cuenta de que esto era mucho más de lo que yo me imaginaba.
Con un gesto quizás egoísta tapé la copa con mi mano. Y así, en ese arrebato de locura le hice beber el néctar de la uva a aquella intrusa mosca que arruinó lo que iba a ser una noche maravillosa.
- ---------------------------------------------phil 23/02/2001
Él leía...
TONIO DE
ALMAGRO·MARTES, 15 DE
MARZO DE 2016
Él leía el diario del día y las noticias de ayer. La humedad del ambiente y esa mañana de otoño presagiaban que las noticias no iban a ser buenas. El mozo le dejó el cortado que había pedido momentos antes y dejó el diario unos segundos. Bebió del pocillo lentamente mientras repasaba lo ocurrido la tarde anterior cuando regresó al departamento de Lucía más temprano que de costumbre.
La encontró en brazos de otro hombre y sin ofuscarse, con absoluta calma, y sin escuchar explicaciones, les propinó cuatro puñaladas a cada uno dejándolos en un charco de sangre. Colocó el cuchillo entre las manos de ella y la llave del departamento en un bolsillo de él. Luego salió sin prisa, deambuló unas horas por la ciudad, comió unas porciones de pizza y en la mañana fue a un bar del centro.
Terminó de tomar el café y siguió buscando las noticias del diario.
Al fin encontró lo que buscaba:
Página 32 Columna 4 TÍTULO:
"Pareja muerta en un departamento de Barracas."
¡Esa era la noticia esperada! Depositó el diario doblado sobre la mesa, dejó unos pesos y fue al baño a lavarse las manos. El agua corría levemente rosada por el lavabo y salió de bar mezclándose con la multitud que llenaba la calle Corrientes esa mañana de sábado.
El mozo recogió su paga de la mesa y continuó leyendo la noticia del diario que estaba en la mesa: "Se investiga las circunstancias de la muerte ocurrida a una pareja de hermanos en un departamento de Barracas. Varias puñaladas terminaron con sus vidas y al parecer de los expertos, que en un bolsillo del pantalón del occiso hallaron el recorte de un aviso fúnebre con el fallecimiento de su madre, ocurrida dos días atrás en un pueblito del interior, aumenta la incertidumbre de los investigadores policiales".
Phil en el Martita 14/03/2016
El Pasajero del Tren
El tren se deslizaba raudamente sobre la llanura pampeana. Había dejado atrás las últimas poblaciones suburbanas y entonces, en ese atardecer, con la libertad que le daban las señales, avanzaba rápidamente hacia el oeste.
En el coche Pullman de reciente refacción e incorporación al tren, los sonidos exteriores estaban amortiguados y sólo trascendía el traqueteo de los cambios en las estaciones provinciales. El suave balanceo amodorraba al viajero que ansiaba escuchar el resonar de las ruedas de acero en los cortes de riel. Pasó una hora o dos entredormido y al fin decidió ir al baño del otro coche, el clase turista, donde los ruidos y los pasajeros eran diferentes. Allí sintió como el aire fresco se colaba desde las ventanillas mal ajustadas y los bogies trepidaban bajo sus pies. Por fin se aproximó a la puerta del coche que se hallaba entreabierta y dejaba que se colaran yuyos e insectos al interior de este.
Abrió un poco más la puerta y los sonidos inundaron sus recuerdos de aquellos trenes tirados por locomotoras a vapor en su infancia y hasta percibió el humo de la máquina, el chiflar del silbato y el rítmico vapor en los cilindros.
Ahora las vías no mantenían sus paralelas adecuadamente y el tren se balanceaba y saltaba un poco más. Sintió como si se le bajara la presión quizás por haber ido al baño recientemente o por el movimiento intempestivo del convoy, y en un instante su cuerpo fue arrojado fuera del tren. Rodó unos segundos sobre el pasto y el balasto y cuando quiso reincorporarse algo tocó con fuerza en su espalda. Cayó tendido de bruces viendo las ruedas del tren pasar sobre el riel a escasos centímetros de su cara emitiendo un ruido ensordecedor.
El dolor en la espalda se hacía insoportable a medida que disminuía el trepidar del tren alejándose en la noche cerrada. Descansó unos minutos y luego trató de incorporarse tomándose del riel; pudo enderezar el cuerpo y sentarse sobre el extremo del durmiente. En su espalda algo húmeda el dolor había disminuido un poco y se mantuvo descansando algunos minutos más.
Cerró sus ojos y las imágenes de su vida aparecieron en tropel y casi todas relacionadas con trenes: cuando puso una moneda en el riel y el paso del local le devolvió una medalla, los tañidos de la campana con que el jefe autorizaba una salida, las fugas del vapor de la locomotora cuando frenaba al llegar desde la capital y el ulular del rápido de las 23:30 horas que hacía temblar las vías como lo estaba sintiendo en ese instante a sus espaldas.
Desde el “Martita” - Phil 04/04/2016
Enviado desde mi smartphone
La Piedra en el Tren
Tonio en el Martita
El viaje transcurría normalmente entre el calor agobiante y el chillido de las ruedas sobre el riel. Se sintió cansado y apoyó la cabeza en la ventanilla cerrada. Estación tras estación se sucedían pausadamente en el atardecer de esa jornada de calor acercándose a su hogar, luego de una labor extenuante en la ciudad.
Ya el anochecer asomaba y las figuras quietas de quienes miraban pasar los trenes, se borroneaban y se asimilaban a la oscuridad reinante.
En esa posición de reposo se adormiló unos minutos recordando sus juegos de niño en el campito cercano a las vías. Su madre lo llamaba insistentemente cuando oscurecía para indicarle que era la hora de comer. Y regresaba al hogar cansado pero contento de haber cumplido con su pasión deportiva y con sus amigos.
Las figuras en las sombras a unos diez metros de las vías sigilosamente juntaron algunas piedras para arrojarlas al paso del tren en movimiento y festejaron los aciertos.
Su madre lo recibía en la puerta de casa y con un coscorrón le daba un reto cariñoso. Esta vez, el repicar de los nudillos en su nuca, fue más fuerte de lo acostumbrado.
O fuera porque su madre estaba más enojada o porque una piedra rompió el vidrio donde apoyaba su cabeza es que sintió un dolor agudo en la sien y una mancha oscura y pegajosa se deslizó suavemente como una cascada lenta en el vidrio de la ventanilla.
"Bien!!", gritaron las voces de las figuras oscuras al ver por un instante el vidrio roto y la cabeza rota. El tren, ululante y ruidoso, continuó su marcha hacia el oeste y se perdió en la noche.
"Otra vez!", dijeron los pasajeros en el tren. "Cierren las persianas que están tirando piedras!", sugirió el guarda quien luego trató de despertar al pasajero cuando la formación llegó a la estación terminal y vio que no descendía, nunca sospechó que su madre lo había llamado por última vez.
El Pasajero del Tren
El tren se deslizaba raudamente sobre la llanura pampeana. Había dejado atrás las últimas poblaciones suburbanas y entonces, en ese atardecer, con la libertad que le daban las señales, avanzaba rápidamente hacia el oeste.
En el coche Pullman de reciente reincorporación, los sonidos exteriores estaban amortiguados y sólo trascendía el traqueteo de los cambios en las estaciones provinciales. El suave balanceo amodorraba al viajero que ansiaba escuchar el resonar de las ruedas de acero en los cortes de riel. Pasó una hora o dos entredormido y al fin decidió ir al baño del otro coche, el clase turista, donde los ruidos y los pasajeros eran diferentes. Allí sintió como el aire fresco se colaba desde las ventanillas mal ajustadas y los bogies trepidaban bajo sus pies. Por fin se aproximó a la puerta del coche que se hallaba entreabierta y dejaba que se colaran yuyos e insectos al interior de este.
Abrió un poco más la puerta y los sonidos inundaron sus recuerdos de aquellos trenes tirados por locomotoras a vapor en su infancia y hasta percibió el humo de la máquina, el chiflar del silbato y el rítmico vapor en los cilindros. Ahora las vías no mantenían sus paralelas adecuadamente y el tren se balanceaba y saltaba un poco más.
Sintió como si se le bajara la presión quizás por haber ido al baño recientemente o por el movimiento intempestivo del convoy, y en un instante su cuerpo fue arrojado fuera del tren. Rodó unos segundos sobre el pasto y el balasto y cuando quiso reincorporarse algo tocó con fuerza en su espalda. Cayó tendido de bruces viendo las ruedas pasar sobre el riel a escasos centímetros de su cara emitiendo un ruido ensordecedor. El dolor en la espalda se hacía insoportable a medida que disminuía el trepidar del tren alejándose en la noche cerrada. Descansó unos minutos y luego trató de incorporarse tomándose del riel; pudo enderezar el cuerpo y sentarse sobre el extremo del durmiente. En su espalda algo húmeda el dolor había disminuido un poco y se mantuvo descansando algunos minutos más.
Cerró sus ojos y las imágenes de su vida aparecieron en tropel y casi todas relacionadas con trenes: cuando puso una moneda en el riel y el paso del local le devolvió una medalla, los tañidos de la campana con que el jefe autorizaba una salida, las fugas del vapor de la locomotora cuando frenaba al llegar desde la capital y el ulular del rápido de las 23:30 horas que hacía temblar las vías como lo estaba sintiendo en ese instante a sus espaldas.
El bar del gallego
23 de
septiembre de 2014 a las 21:58
La calurosa tarde me incitaba a llegar a un lugar fresco y tranquilo para ver por TV el partido de mi equipo favorito. El bar del gallego era lo más apropiado y me dirigí allí para tomar una gaseosa y disfrutar el encuentro.
Por fin me ubiqué en la única mesa disponible cerca de la pared, que tenía una particularidad: las ramas de una planta colgante me impedían la buena visual del televisor ¡Cosa de gallegos! Me ubiqué un poco mejor y pedí la gaseosa.
El partido había comenzado y entre comentarios y silbidos concluyó el primer tiempo. En ese momento, cuando los ánimos se relajaron, escuché una discusión entre dos hombres: uno de ellos de traje negro, a pesar del calor reinante que el ventilador de techo no lograba disipar, y el otro en mangas de camisa, el mozo, quienes intercambiaban el siguiente diálogo:
- ¿No me presta un peso? - pedía el de negro.
- ¡Cómo le voy a prestar un peso! ¿No ve que estoy trabajando? - le contestaba el mozo.
El barman le había solicitado que pagara la copa y el tipo, desubicado, lo había encarado al mozo, creyéndolo un parroquiano más, para que le resolviera el problema.
- ¡Dele...! ¿No tiene un peso? - insistió el de traje, con una voz que delataba que le debía varias copas al dueño del bar-- Mire que yo soy amigo de Chiquito Funes. ¿Lo conoce a Funes?
El mozo no comprendía nada y le dijo:
- ¡Vaya a laburar si quiere plata!
Como la discusión se hacía cerca de mi mesa me pareció apropiado inmiscuirme ya que todos estaban pendientes de las palabras altisonantes de los protagonistas.
- Oiga, hombre - le dije al mamado - ¿Ud. sí que lo conoce al Chiquito Funes ese, ¿no?
- ¡Claro que lo conozco! - me respondió - ¡Si es mi compadre! - como si yo tuviera que conocer la respuesta.
- Entonces - le dije - ¿Por qué no va y le pide un peso a él y paga lo que debe?
Ante esa ocurrencia ingeniosa, los parroquianos se rieron, y el mozo aprovechó para sacarlo a empellones del local. Ya comenzaba el segundo tiempo y las sonrisas se aquietaron para dar paso a los gritos por el gol conseguido por mi equipo, pero seguí pensando en aquel borrachín que, seguramente estaría disfrutando un segundo tiempo en otro bar, y festejando los goles a la salud de Chiquito Funes quien le pagaría seguramente otras copas.
phil Dic 20/2000 (original)
Al año de comenzar a ejercer mi profesión en Junín, fallece mi madre y quizás ese fue el motivo por el cual dejé de afeitarme la barba y bigotes. En la ciudad solo había con barba dos personajes: Melatini, el eterno socialista, quien prometió afeitarse si su partido ganaba las elecciones; y además Pichirica, el que cantaba, andaba en bicicleta y entretenía a los chicos con canciones.
Era mi estilo de vivir en esa época y así atendía la farmacia. Un día llegó a Junín el DT del Laboratorio Roux Ocefa, un capo total, un tucumano alto como de dos metros llamado Zenón Lugones que a su vez había sido mi profesor en la Facultad. La sucursal de esa empresa en Junín invitó a los farmacéuticos a un ágape para recibirlo y varios colegas fuimos a esa reunión inaugural.
En cuanto me
vio, me presenté recordándole mi calidad de alumno de la Facultad y me dijo:
"¿Ud. atiende así la farmacia?" refiriéndose a mi nutrida barba y
cabello largo algo ensortijado. Le contesté que sí, y encaré un canapé que
pasaba por ahí.
Seguimos conversando de la actualidad de la Facultad y de la industria farmacéutica para luego departir con los colegas presentes en el evento.
No quise entrar en una polémica con el profe respecto a la imagen de Luis Pasteur, Galeno o Avicena que también usaban barba en sus respectivas épocas. Mi barba de los años ¨70 era algo moderno para esta etapa del siglo XX donde la comunidad hippie, el Che Guevara, Jorge Cafrune y otros usaron barba por rebeldía o moda.
Hoy mantengo
esta apariencia de tipo respetable, con barba cana y recortada y con cabello
blanquecino que mantengo prolijamente peinado. Ha sido un antes y un después,
una trayectoria de más de cincuenta años de profesional y una práctica que
arrancó cuando de niño ayudaba a mi padre en la rebotica de farmacia en aquel
pueblo de la provincia de Buenos Aires cercano a Junín.
" ♪♫ Tengo tres(cuatro) patitos ♪♫ "
31 de enero de 2015 a las 21:21 (un cuento matemático)
Pata con tres patitos iba caminando alegremente en la mañana soleada del verano rumbo a la laguna cercana a pegarse un chapuzón y les cantaba a sus pequeños para que apuraran el paso una canción infantil:
"♪♫ Yo ten__go tres pati__tos ... ♪♫ ♪♫ ... yo ten__go tres pati__tos ♪♫".
En cuanto llegaron, la pata se refrescó nadando varios minutos y los patitos retozaron, jugaron y se zambulleron cerca de la orilla. Pasado un tiempo la pata comienza a cantar la consabida canción para encaminar a sus hijos hacia el sendero que los llevaría de regreso a su casa
"♪♫ Yo ten__go tres pati__tos ... ♪♫ ♪♫ ... yo ten__go tres pati__tos ♪♫".
Los pequeños, algo rezagados, alcanzan a su madre luego de varios minutos, se miran y le dicen a la madre pata: "Mamá: sólo somos dos. Chiquitín se quedó a jugar con una mariposa y no ha escuchado tu llamado."
Angustiada, la pata emprende el regreso a la laguna. Mientras tanto, Chiquitín, entretenido con las zambullidas, chapuzones y mariposas se había alejado un poco y no escuchó el llamado.
Por un momento se encontró solo pero cerca de él vio dos patitos a los que confundió con sus hermanos. Una pata que acompañaba a los patitos, muy afligida le comentó entonces: "Yo tenía cuatro patitos y ¡han desaparecido dos! ¡Estoy muy triste...!". Chiquitín se acercó a ella y le dijo si podía ayudarla para que no sufriera y se unió al grupo. La señora pata aceptó a Chiquitín y conforme con recuperar al menos uno de sus pequeños perdidos, regresó a su hogar.
La madre de Chiquitín regresa a la laguna y sólo encuentra dos patitos que, desconsolados, reclamaban por su madre pata. Al verlos tan apenados decide ella encargarse de los pequeños y mitigar en algo el dolor por la pérdida de Chiquitín. Regresa entonces a su hogar cantando una nueva canción:
"♪♫ .... Ten_gó__cuatro__ pati__tos ... ♪♫
♪♫ ... Ten_gó__cuatro__ pati__tos ... ♪♫" H. C. Andersen Park 2014...
Mis inicios futbolísticos
Siempre a los chicos nos ha gustado patear una pelota en cualquier circunstancia propicia: en la casa de la tía con el peligro de romper las macetas, en el baldío de la esquina con cuidado de no romper una ventana y en todo lugar donde haya un espacio razonable.
Cuando esa tarde el vecino de la esquina, al decir de mis hermanas "el muchacho que sale con la morocha de la esquina", al efecto un muchachón de unos treinta años que aún defendía los colores de un club del barrio, nos llevó a algunos chicos del campito a practicar fútbol en los espacios verdes que bordeaban la Avenida General Paz a la altura de Liniers, creí que empezaba para mí una etapa fundamental en el desarrollo como deportista del balompié.
Llegados al lugar formó dos equipos equivalentes a su criterio y distribuyó camisetas apropiadas para nuestra edad en dos colores diferenciables: blancas con una V azul y azules con una V blanca. Luego de una hora y algo más de observar aptitudes y dar indicaciones, nos llevó hasta el club, distante unas seis cuadras de ese lugar, donde apreciamos su pileta de natación, tomamos un refrigerio y nos acompañó de regreso a la cuadra donde nos había convocado. A los más aptos los citó para una segunda ronda de participación y la práctica se haría en la sede del Club. Debido a mi destreza aún no desarrollada en esa materia deportiva no fui convocado para esa circunstancia y desde ese momento supe que ya no sería mi ilusión deportiva.
Sin embargo, con tres años más de vida y ya radicado en un pueblo del interior de la provincia, el ejercicio del fútbol era más habitual y lo hacíamos en cualquier potrero. En los fondos de una de las dos panaderías de ese pueblo teníamos un lugar para la práctica del fútbol y para cuyo vestuario se había preparado sobre un lateral un socavón de un metro de profundidad, tapado con chapas, que hacía las veces de vestuario y túnel de salida a la cancha.
Al año siguiente se hizo un campeonato de fútbol infantil en la cancha municipal del pueblo ubicada en la manzana de al lado de la plaza principal. Se trazó una canchita infantil cruzando alambres a lo ancho de la misma y se acomodaron dos arquitos acorde a nuestra edad.
Muy pronto mi madre, espectadora de lujo de ese evento, corrió presurosa a atenderme, pude reaccionar y continué el juego. Creo que mi equipo ganó el evento y se festejó el resultado, pero mi interés por el fútbol decayó un poco más. Pasaron años y en ese pueblo se hacían partidos por equipos en canchita de papi fútbol donde yo formaba parte de un equipo de la ciudad, pero ahora en la posición de arquero. El manejo de la pelota con los pies era lamentable y con las manos también. Nos divertimos y perdimos algunos partidos y mis recuerdos del fútbol se acrecentaron de tal manera que hoy puedo escribir estas líneas. Unos años más tarde, ejerciendo la profesión en Junín, se hicieron las Olimpíadas Universitarias participando con un equipo de profesionales con resultado variado. Más de treinta años después del comienzo de este relato mi hermana me llama desde Buenos Aires y me comunica:
"¿Te acordás de aquel futbolista que te llevó a practicar en la General Paz?".
"Sí.", le contesté sin imaginarme a qué se referiría con aquel recuerdo.
"El novio de la morocha de la esquina ahora ha muerto y lo llevan a enterrar en tu ciudad." respondió mi hermana.
Ahí caí en la cuenta de quién era el personaje que había sido mi entrenador en la materia. Hasta ese instante no tenía la menor idea, pero se me aclararon un poco las cosas y siempre lo tengo como referencia de mis inicios en el fútbol.
Y revisando un poco Wikipedia descubro algo más que casualidad por la cual yo me sentía identificado con este jugador y técnico del fútbol nacional y de otros países:
Había nacido un 24 de Junio en 1927.
https://es.wikipedia.org/wiki/Osvaldo_Zubeld%C3%ADa phil 20/05/2015
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