Varios


El Circo

                                                           Circa 1956

Se anunciaba la presencia de un circo en el pueblo a través de afiches callejeros o volantes que se repartían en los negocios, por lo menos quince días antes de su arribo. Un movimiento inusual de vehículos extraños y carromatos vivienda que aparcaban en el terreno municipal previsto para el efecto, nos preparaba para lo que acontecería en pocos días más.

Luego, los camiones que transportaban la carpa, animales y demás enseres, irrumpían la monotonía del pueblo con ruidos y rugidos. Por fin el día previo al debut se contrataban changadores y obreros para armar la carpa y las jaulas; al atardecer las luces iluminaban con guirnaldas la carpa y sus alrededores.

Alrededor de la pista central y única se armaban los palcos, más atrás las plateas preferenciales con sillas acolchadas, luego las comunes con las mismas sillas de chapa sin almohadoncillos y por último unas tribunas de madera para las populares. Sobre la lona circular estaban colocados varios cables para los equilibristas y más arriba la máxima atracción: los trapecios voladores.

Los chicos ayudábamos en el armado de las sillas y algunos otros trabajos livianos y a veces nos ganábamos una entrada.

La función comenzaba tarde, a eso de las 21 horas, que en invierno significaba que hacía dos horas que helaba, por lo que, al trasladarse las familias al circo para las tres horas de entretenimiento, se acompañaban de las correspondientes estufas o tal vez bolsas de agua caliente para amenguar el frío que se transmitía desde el pasto recién cortado hasta las sillas de chapa que parecían salidas de un freezer y de allí a nuestras asentaderas.

   Sí, era un sacrificio presenciar una función de circo en aquellos años, pero qué bien que lo pasamos viendo a los payasos, los equilibristas, malabaristas, luego venían los animales amaestrados y por último los trapecistas para culminar la jornada con una obra de teatro gauchesco o de conventillo, donde el payaso era el galán, la contorsionista la novia infiel, el trapecista el amante y todo se mezclaba de tal manera que era cómico en la tragedia, risueño en la adversidad, y triste en la alegría.

    Terminaba el teatro circense y los espectadores aplaudían a los artistas, abucheaban al asesino y se sorprendían de que el muerto saliera a saludar junto con los demás. Y entre comentarios alentadores y deseos de volver a verlo, regresábamos a nuestras casas pisoteando el pasto crujiente por la helada.

                                                                                           Phil 2009-04-23


                             Amor en el circo

Circa 1957 

 Uno de los números atractivos del circo era el de aquel equilibrista que trepaba a la cuerda floja con sus zapatos flexibles entalcados y su sombrilla vistosa. Vestido de negro, sus pantalones eran ajustados y con una presilla bajo la planta del pie para no enredarse con las botamangas, su camisa blanca abullonada y un chaleco negro completaban su atuendo.

      Unas trompetas anunciaban su arribo a la pista y con un ágil salto trepaba a la cuerda para efectuar sus destrezas. Con pasos sigilosos, dos adelante uno atrás, avanzaba y se balanceaba tratando de llegar al otro extremo, temblando y transpirando para lograr un buen efecto visual y despertar aplausos cuando cumplía su cometido.

   Estaba en uno de esos menesteres, cuando entre sustos y amagues, asombro y aplausos, pasos ampulosos y cortitos para mantener el equilibrio, el levantar una pierna más de lo debido para no caer, produjo lo irremediable en ese momento: la costura de la entrepierna cedió y dejo al descubierto un calzoncillo blanco que fue el hazmerreír de todos los asistentes a la función.

     Abruptamente completó el número y fue a cambiarse para regresar unos minutos después siendo aplaudido por todos.

   Durante días se comentó el episodio en el pueblo y el circo se fue luego de una semana.

  Un par de días transcurrieron cuando un rumor se acrecentó en el pueblo: una chica había desaparecido y decían que se fue con el circo. Los padres angustiados dieron aviso a la policía quienes pudieron averiguar que realmente se había ido con alguien del circo y estaba en un pueblo cercano.

   Por un tiempo no supimos nada de ella y cuando año y medio después se vuelve a presentar el circo nuevamente en el pueblo, vimos que la partenaire del equilibrista era aquella chica desaparecida quien cuidaba en los momentos libres del espectáculo a un bebé en su cuna.

   Habrá sido amor a primera vista, la ilusión de trabajar en el circo o algo que no apreciamos cuando se rasgó aquel pantalón pero que ella sí, lo que llevó esa chica a seguir al equilibrista en su recorrido de trucos y andanzas por los pueblos de la provincia.

                                                                                                 Phil 2009-04-23



Peligro en el Circo

Circa 1956

La función ese día transcurría con la normalidad prevista por los anuncios: payasos, contorsionistas, malabaristas, equilibristas, domadores, trapecistas, enanos, etc., etc. Si no en ese orden, en el que el maestro de ceremonias y presentador tenía establecido. Pero el atractivo principal de ese circo en particular era que al final de la función un oso pardo, con guantes en las cuatro garras y con bozal, enfrentaría al mejor luchador y/o boxeador del pueblo con un cierto pago de pesos en premio si se lo vencía.

Creo que esa fue una de las pocas veces en que los chicos, cuatro o cinco, decidimos colarnos por debajo de la carpa y por un lugar apartado de la puerta de acceso accedimos al interior, justo debajo de la tribuna de madera que estaba cercana la carpa. Una vez dentro nos deslizamos suavemente y sin hacer demasiado barullo justo cuando las luces amenguaban para enfocar a los trapecistas que terminaban su función en la parte alta de la carpa.

A fin de acortar los tiempos, aún no habían concluido los trapecistas su trabajo cuando ya se estaban armando las rejas para enjaular al oso con su contendiente humano. Nos ubicamos en la tercera o cuarta fila de las plateas (a esa hora ya nadie controlaba las ubicaciones) y con comodidad y alegría aplaudimos a los trapecistas, esperando la anunciada pelea.

Los bichos verdes (uniformados a cargo del mantenimiento) armaban la jaula con rejas que unían entre sí con rapidez hasta conformar un polígono dentro de la pista circular. Luego de la presentación con redoblantes y trompetas acercaron una jaula rodante a una puerta del enrejado y por otra puerta entró el domador. Sujetó al oso con un lazo y lo introdujo a la pista enrejada el cual dócilmente se paró en el centro de la pista (el oso, no el domador). En esos momentos el domador/entrenador /mánager reclamó la presencia de un voluntario para pelear con el oso y un muchacho del público, de buen físico, aunque no muy alto fue a su encuentro. Con voz altisonante el domador anunció:

--¡Oscar va a luchar con el OOOSSSOOO!

El oso medía más de dos metros de altura parado en dos patas y estaba calzado en sus garras y patas con unos guantes tipo boxeador y con un bozal que impedía al mismo desgarrar y destrozar a mordiscones a su rival.

Daba miedo verlo de esa manera, pero todo iba a transcurrir dentro de la jaula y estábamos seguros quienes desde fuera observamos los avatares de la contienda.

    Nos ubicamos dos filas más adelante para observar de cerca la pelea que ya empezaba.

   Oscar, con el torso desnudo, un pantalón de jean y zapatillas blancas, se calzó unos guantes de box y comenzó a hacer fintas frente al animal. Nuevos redoblantes y la pelea empezó, con variantes para ambos rivales: el muchacho esquivando los zarpazos y el oso recibiendo algún manotazo en el pecho. Ante el intento de abalanzarse sobre el retador, el domador sujetaba al oso con la correa firmemente atada al cogote.

  La pelea era a todo o nada y a veces el oso abrazaba a su contrincante, pero este zafaba de esa situación y le propinaba un empujón. El público aplaudía cada logro del muchacho y se entusiasmaba y gritaba con el transcurso de los minutos. Un instante después, trenzados en pelea cerca de las rejas, éstas se movieron un poco dando algo de dramatismo a la situación; pero por el apresuramiento en armar la jaula como por la penumbra en que se realizó la operación o por la ineptitud de los colaboradores, una reja se desprende de otra y deja la gran jaula abierta por donde el oso pretendió dirigirse hacia el público que aullaba de entusiasmo y de terror al ver esa mole de carne peluda y furiosa abalanzarse hacia las sillas donde estábamos ubicados.

    La gente huía, se escuchaban el entrechocar de las sillas de chapa y los aplausos de quien, como Roberto, continuaba parado en su silla y creyendo que eso era parte del espectáculo.

 --¡Vamos, Roberto! ¡Bajá de ahí! -  le gritamos para sacarlo del trance.

  Por suerte el domador, ayudado por su personal, pudo sujetar al oso con otras correas que como lazos fueron inmovilizándolo y llevándolo hacia el centro de la pista, y otros cerraron provisoriamente las rejas que habían sido forzadas por los empujones de los contendientes.

   El susto había pasado, la gente, ya más calma,  regresaba a sus ubicaciones, Oscar recibió su recompensa por haber aguantado al oso el tiempo estipulado por round, y todos aplaudieron por los nervios pasados. A veces nos consume la emoción de los trapecistas, la valentía del tragasables, la impredecibilidad del ilusionista, pero esta situación de adrenalina extrema nunca la viví otra vez en las diversas visitas a los circos que se sucedieron en mi vida.

Phil 2009-04-23


El tren del pueblo 

    Era el acontecimiento bisemanal que sacaba del letargo a aquel pueblo de quinientos habitantes. Pasaba a la mañana hacia la ciudad y regresaba por la tarde hasta la última estación del ramal. Como yo concurría a la escuela a la mañana, en horas de la siesta íbamos con los chicos a ver el paso del convoy que constaba de una locomotora a vapor, su tender, el vagón de mercancías y correos, y uno o dos coches de pasajeros.

   Diez minutos antes del arribo veíamos el movimiento del personal ferroviario: el telégrafo repicaba insistentemente, el guardagujas bajaba la señal de acceso a la estación, y verificaba los cambios de vías, el jefe tañía la campana, con lo que preanunciaba la llegada en horario del tren.     

    La gente en el andén aguardaba ansiosa a algún familiar que había anunciado su llegada y los comerciantes esperaban los pedidos que habían efectuados a los mayoristas de la metrópolis. Para mi padre, el farmacéutico del pueblo, llegaban los jabones Manuelita, las colonias y perfumes en grandes cajas de cartón o madera, que luego transportábamos a la farmacia.  

   Pero los chicos esperábamos el desembarco de los rollos de película que semanalmente nos proveían de entretenimiento y recreo en   las funciones de los viernes y domingo en los dos cines con que contaba ese pueblo. Llegaban entonces cuatro bolsas de lona atadas y precintadas con alguna etiqueta donde informaba el nombre de la película de su interior, que tratábamos de descifrar pues la letra era muy confusa. Películas nacionales de los años cincuenta y algunas extranjeras de vaqueros o gángsters eran las que habitualmente enviaban las distribuidoras cinematográficas a la consideración de las gentes del pueblo. (1)

 La rechinante y vaporosa locomotora, luego de una estadía de cinco minutos, hacía rechiflar el silbato anunciando su partida y lentamente el tren dejaba la estación. A veces colocábamos una moneda en el riel y luego que el tren la pisara, recogíamos un medallón de aspecto similar a una condecoración. En pocos días más se repetiría el episodio a pesar del calcinante calor del verano que hacía a los caminos de tierra inmensos arenales solo aptos para conductores expertos y de las lluvias del invierno que los tornaba en lodazales y lagunas intransitables: las vías en terraplén eran el constante vínculo de ese pueblo comunicándolo con otras poblaciones de la Provincia.

(12)LosCinesdelPueblo                                                                            Phil Domingo, 11 de agosto de 20 02



Los Cines del Pueblo  

circa 1955-1963

   En aquellos días esperábamos ansiosos el fin de semana que nos transportaría hacia las aventuras y romances que nos brindarían las películas que se habrían de proyectar en los cines que poseía el pueblo.

 
    Las bolsas de lona con los rollos de película que llegaban al pueblo a través del ferrocarril los días viernes nos anticipaban a quienes estábamos en la estación, los títulos de las cintas que se iban a proyectar. Ese mismo día, al atardecer, en las puertas de acceso a los cines se desplegaban los afiches que anunciaban los films del fin de semana: de vaqueros, gángsters, comedias, aventuras, históricas, guerra, etc. Eran algunos de los rubros que se verían los domingos a la tarde.

 
     En invierno una película comenzaba a las 18 horas y luego de un intervalo donde tomábamos algún refresco, la segunda y principal era proyectada para los espectadores con una previa de noticieros de hace dos años atrás, con lo cual la función completa terminaba a eso de las 22 horas. 

      

     En el verano el horario era más tarde pues la claridad del atardecer penetraba por las altas ventanas y dificultaban la visual en la pantalla.

 
    Cuando la película era de terror o con suspenso, los chicos, ubicados en las butacas de madera en unidades de a cuatro más cercanas a la pantalla, y a través de los orificios del respaldo anterior, veíamos con un poco de miedo lo que pasaba en la proyección. Las butacas más lejanas a la pantalla tenían tacos que elevaban su altura respecto a la anterior fila, pues el salón se usaba para los bailes de los sábados y era de piso nivelado.


   Y así fuimos conociendo al “Shane” de Alan Ladd, a Edward G. Robinson, Humphrey Bogart, John Wayne, Robert Mitchum, y también Esther Williams, Bette Davis, Joan Crawford, y los nacionales Nathan Pinzón, Floren Delbene, Olga Zubarry, Tita Merello. entre otros. 


    El cine más cercano a mi casa, a una cuadra, funcionaba en el salón del club A. que estaba en la calle principal y allí concurrían los empleados y patrones de las empresas cerealeras y de comercio es decir quienes tenían ingresos mayores.


    El otro cine era administrado por el club B. que reunía a obreros y otras personas de menor condición económica. Sus asientos eran sillas individuales de madera y paja ubicadas en un piso sin desnivel.


   Aquí se proyectaban las famosas series que semana a semana nos dejaban con una intriga en cuanto al desenlace de la historia pues el (la) protagonista debía sortear una situación difícil que ponía en peligro su vida. Episodio tras episodio, del lejano oeste americano a las galaxias de Flash Gordon, nos atrapaban las aventuras que el cine blanco y negro nos brindaba.


    Años después, el technicolor nos presentó un mundo diferente de percepción visual y llegaron las comedias musicales con sus escaleras inmensas y las piletas de natación enormes para el despliegue del ballet acuático.

 
    Al día siguiente debíamos madrugar para ir a la escuela donde repasaríamos algunas de las escenas vistas el día anterior y comentaríamos los aspectos que más nos llamaron la atención en el recreo de la primaria.
           

 

Tonio.  Sábado, 13 de octubre de 2007


La noche de Reyes

                                                                                                                                                                 06/01/1957

   Como todos los chicos de ocho o nueve años, la noche previa a la llegada de los Reyes Magos, era de gran expectativa. Esa noche cenamos lo de costumbre y los temas de conversación se referían de una manera u otra, a los regalos que nos traerían aquellos magos y reyes.

  En otros años mis hermanas y yo recibíamos libros, bicicletas, muñecas, autitos de juguete, otros a pedal, sulky-ciclos, etc., a la madrugada y en pijamas, pues el primero que se despertaba por algún ruido que hacían los camellos, se encargaba de despabilar a los demás.

    Pero esa noche, cuando nos acostamos con las ilusiones de siempre, no sospechamos de lo que acontecería la madrugada siguiente.

   Mucho antes de lo previsto, serían como las cuatro de la mañana, unos ruidos diferentes que provenían del local de la farmacia que tenía mi viejo, me despertaron. Llegaron mis hermanas con sus muñecas y ropas nuevas y junto a mis zapatos estaban unos autitos y camiones plásticos y libros de cuentos.

    Mis padres, que regresaban del local nos felicitaron por los regalos recibidos y nos comentaron las novedades: el porqué de los ruidos que nos despertaron. En el pueblo había habido un accidente con heridos. A falta de médico mi padre había tenido que ir a prestar los primeros auxilios a requisitoria de la policía.  

    Todo el pueblo ya estaba alertado por el suceso y algunos vecinos venían a preguntar a mi padre que es lo que había ocurrido. De ahí los ruidos, el golpe del llamador, las voces altisonantes que escuchábamos y que nos despertaron antes de tiempo.

       Pero la cuestión no era tan sencilla como la pintaban. Por los comentarios de la gente, más que accidente había sido un crimen pues el marido tomó a golpes a su mujer y la había matado.

      Nos vestimos y salimos hacia el lugar del hecho distante unas cinco cuadras de casa. La noche aún no amanecía, pero el sol se anunciaba por una claridad en el cielo desde el este.

  

  En los fondos de la rústica vivienda del matrimonio, que habitaba con sus cuatro hijos, había muchos vecinos con linternas y faroles congregados que comentaban lo sucedido, en torno de un cuerpo tapado con una frazada.

  

  Cerca de allí, las gallinas se despertaban por la anunciada presencia del sol y el bullicio de la gente. Al parecer, el agresor estaba detenido y los hechos debieron sucederse así: luego de una noche de brindis y vinos, discutieron por algún motivo que yo desconocía, y el marido puso fin a la discusión pegándole a la mujer con un hacha en la cabeza.

 

   Apoyada contra el alambrado del gallinero estaba el arma asesina con algunas manchas de sangre y cabellos adheridos en la parte del ojo de la misma.

 

     La luz del día se hacía cada vez más evidente y los contornos del escenario eran visibles para todos. Al rato la policía transportó el cuerpo de la occisa, retiró el hacha y los hijos, espectadores obligados de la situación familiar, fueron llevados por unos vecinos solidarios.  Se hicieron cargo de ellos pues, con la madre muerta y el padre entre rejas, los chicos necesitaban de alguien que los acompañara en esas horas difíciles y los dirigiera por el buen camino.


     Para ellos, esa Noche de Reyes no habrá sido la más feliz, pero creo que la voluntad y enseñanza de los vecinos del pueblo, habrán producido un cambio en sus vidas y ése es el mejor regalo que puedan haber recibido.

        

 Phil, 05/01/2003    PD: En aquellos días no se conocía la palabra femicidio…    


El Carnaval del Pueblo

                                                                                          21 de enero de 2010 a las 22:08

 

    

 Las calles del estío, a diferencia de los lodazales del invierno, se presentaban como arenales quemantes cuando salíamos a jugar en las horas de la siesta. Febrero se anunciaba como una sequía eterna y para refrescar el ambiente y evitar que volara la arena, el regador municipal impregnaba con agua las soleadas calles del pueblo.

  Una semana antes que comenzaran las carnestolendas, en la calle principal se comenzaban a ver los preparativos para el corso que se desarrollaría frente al club. A fin de iluminar esa arteria con guirnaldas multicolores se erigirían seis o siete postes en el centro de la calle separados por unos quince metros, los que a la vez de permitir el tendido de luces y audio servirían para separar ambas manos por donde circularían los paseantes. Los empleados municipales cavaban los pozos equidistantes por la mañana y a la tarde colocaban los postes y emparejaban la calle.

      En esos días estaban de visita unos primos que vivían en Bella Vista, Provincia de Buenos Aires, Rolando y Benjamín con quienes en horas de la siesta juntábamos agua en baldes e inflábamos globos para arrojarlos a las chicas de la otra cuadra.

    Corríamos de un lado a otro recargando nuestros equipos acuáticos y amagábamos y mojábamos a las chicas que se nos cruzaban en la calle.

      En una de esas embestidas ellas nos sacaron ventaja y nos corrieron cuando nos quedamos sin elementos de juego, o sea los baldes vacíos y sin globos de agua. Corrimos a refugiarnos en casa y a recargar los cacharros cuando, en un giro imprevisto, el primo mayor se llevó por delante uno de los postes que estaban en el medio de la calle. Tan grande fue el golpe que quedó tendido en el suelo, adolorido y con una ceja sangrante. Enseguida se levantó gritando y corrió hacia nuestra casa a acomodarse un poco, se ató un pañuelo en la frente y salió nuevamente, enfurecido, a correr y mojar a aquellas chicas que causaron su dolor.

  Más tarde y  pasado  ya su  enojo, luego del consabido baño y una  cena ligera,  fuimos con el primo y su ceja emparchada a ver como los habitantes del pueblo recorrían la calle engalardonada, con sus niños disfrazados de Zorro o Súperman, de bailarinas u holandesas las niñas, y mascaritas diversas los adultos.


     Las batallas ahora  eran  con papel picado y

serpentinas, y  ya no había  que  correr a nadie

sino sorprenderse de los bellos disfraces de los

paseantes  y  las    carrozas adornadas papel  y

guirnaldas de colores.

 

El Reta

      He veraneado en ese balneario desde que tenía 4 años: me impresionó aquella vez la inmensidad del mar y me negaba a entrar a mojarme los pies. (“¡¡Cuánta agua!!”, le comentaron a un personaje de película quien respondió: “¡¡…y la que habrá debajo… ¡!” Cantinflas dixit.)

    Al día siguiente, otra vez el suplicio del mar, pero con resultado diferente: no me podían sacar del agua.

     Llegar a ese lugar significó toda una aventura para alguien como yo que solo conocía algunas calles de mi barrio, cerca de la Capital Federal, y algunas visitas a unos parientes en Bella Vista. Salimos en tren desde Constitución rumbo a Tres Arroyos donde esperaríamos unas horas para hacer combinación con el tren que nos acercaría a la estación Copetonas.

      Durante ese viaje mi madre comentaba y nos indicaba que miráramos sobre el campo trillado:

 “¡¡Los HILOS!! Miren los HILOS” 

(claro que se refería a los SILOS que acumulaban el cereal recién cosechado y que yo entendía mal).

    Llegamos a Copetonas y allí, mis padres, mis dos hermanas y yo, el menor, acarreamos bultos y valijas de viaje (parecía una mudanza) hacia un lugar donde se contrataría un transporte para llegar al Reta. Por fin, no fue una Villalonga tirada por caballos sino un automóvil de aquellos años: negro, con guardabarros redondeados y grandes faroles, propio de los ‘40.

    Luego de cargar combustible (en esa oportunidad kerosene) con el conductor acomodamos todos los bártulos en el vehículo de alquiler, subimos y partimos siguiendo el camino de tierra y arena que unía las dos localidades.

   Después de unos kilómetros el camino se hizo más sinuoso tanto en horizontal como en vertical: había muchas curvas y aparecían lomadas características de esas zonas cercanas a la costa. Así fue como a veces estábamos abajo y otras en la cresta de la loma donde podíamos apreciar a lo lejos, que nos estábamos acercando al mar. Esa franja plateada y verdosa aparecía y desaparecía enmarcando el horizonte curvo que se apreciaba a la distancia.

    Un rato después llegamos al pueblo y nos ubicamos en una casa que alquilaba habitaciones a turistas. La dueña de casa de apellido Herrera tenía dos hijos que ayudaban en los trabajos de la casa y tenían redes de pesca que tejían y arreglaban para ganarse unos pesos vendiendo los productos de generoso mar.

   Una de las artes de la pesca de esa familia, era llevar las redes a la orilla del mar y uno de los hermanos, creo que se llamaba "el Vipa", montando un caballo blanco de gran alzada que sostenía la punta de la red atada a su cincha, se introducía mar adentro pasando la canaleta profunda. Casi nadando, el animal se desplazaba paralelo a la costa desde donde los otros pescadores sostenían la red con fuerza y decisión.

    Unos minutos más tarde el jinete conducía al caballo hacia la playa completando una trayectoria semicircular y las redes que mostraban abundante cantidad de peces fueron llevados a la playa con ayuda de los que miraban el proceder de los arriesgados pescadores.

   Allí nomás se clasificaban las especies obtenidas que los pescadores ofrecían a los asistentes a un precio acomodado. El excedente lo llevaban algunos comerciantes para sus tiendas en el pueblo y los hoteleros para deleitar a los turistas.

  En pocos días más terminarían las vacaciones y debíamos volver a casa, a la rutinaria escuela y a los amigos del barrio, pero esta experiencia inolvidable de mi encuentro con el mar y los pescadores me acompaña hasta estos días.

 


Mis Inicios con la Música

   Con un tío que me invitaba y acompañaba a los conciertos gratuitos de la Sinfónica Nacional en la Facultad de Derecho, aprendí a apreciar la orquesta y la música clásica en su dimensión total. Hasta ese momento en casa siempre se escuchó música clásica ya sea por radio o discos de pasta, luego LP.


  Mi hermana Ruth, que atendía la casa de Ciudadela cuando mi madre no estaba, los días domingo se levantaba temprano y lavaba ropa en la pileta del fondo, acompañándose con la música desde la radio Nacional que transmitía óperas italianas.


   Mi tía Esther, que vivía en el centro, tenía un piano que yo aporreaba tratando de interpretar las partituras. Años después se trasladó a Ramos Mejía y yo la visitaba yendo a su casa en bicicleta para pasar unos momentos tratando de entender su técnica Mi madre apreció ese interés por la música y me compró una guitarra en casa América con la cual tomé clases en Capital Federal y en vacaciones con Elba Emanuele en Morse.

 

   En esos tiempos del secundario yo vivía en Ciudadela a pocas cuadras de la General Paz. Mi tío venía desde Bella Vista en su bici e íbamos al centro en tren desde Liniers y algún colectivo o tranvía nos acercaba a Figueroa Alcorta y Pueyrredón.

  Con una invitación retirada previamente en Radio Nacional, que transmitía en directo los días jueves desde las 21,30 hs., tenías derecho a una butaca del gran salón de actos de la Facultad. Como no la teníamos, la ubicación era de pie y cercana a la percusión de la orquesta donde me entusiasmaba ver timbales, platillos, triángulo, castañuelas, etc.   

   ... Y campanas como las que se oyen en la sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz en el penúltimo movimiento y que yo repetía en casa escuchando el LP en el Wincofon.

  Por supuesto, cuando no podía concurrir al concierto, escuchaba la radio en ese horario para no perderme la transmisión y en otros momentos del día mientras estudiaba.

    Recuerdo que tal era mi fanatismo por escuchar la Radio que mientras concurría al colegio de mañana, podía escuchar por la tarde a Ernesto Epstein de quien pude aprender las óperas wagnerianas y sus leitmotiv a través de las transmisiones de Radio Municipal. El tercer año lo cursé por la tarde y entonces llevé al aula una radio Sony a transistores, novedad para esa época, que me trajo en uno de sus viajes mi tía desde Europa. Cómodamente sentado en el último banco, lejos de la mirada del profe, continuaba las clases magistrales de ópera del maestro Epstein a través del éter y de disimulados auriculares.

   En esa etapa de mi vida sabía leer la música escrita y me animé a escribir mis propias partituras para lo cual compré cuadernillos con treinta pentagramas, necesarios para escribir los compases necesarios para los instrumentos de una orquesta sinfónica.

  Una anécdota final: aquel director de orquesta de la Facultad de Derecho en los años 60 fue el maestro Pedro Ignacio Calderón, a quien volví a ver hace ocho años en la farmacia donde yo trabajaba en CABA y recordamos aquellos tiempos.

   Una a favor: su nombre estaba escrito en la receta como paciente del seguro social, y al observar su rostro me resultó conocido. También lo recordaba de los conciertos en el Auditorio Belgrano en años más recientes.






Oda a Roma


    Subí las cuestas,                  

                              bajé escaleras

 en todo tiempo                   

                                pensando en ella.

  Sabía que ahora                      

                            estaba cercana

      la tierra vieja                      

                                 la tierra amada.

    -.-


  Roma presiente                 

                            de mi llegada

   y se alborota                      

                              en la mañana.

                    Las gentes corren                  

                                hacia el trabajo

     y así los veo                     

                                               en mi descanso.

      -.-


    Y por las tardes                 

                                     en mi remanso

                  paseo por Trevi                                                                       como un paisano.

-,-


                    Y así las horas

                                            se van pasando

                     conozco el hoy

                                       recuerdo el pasado.

                                          -.-


                    Ciudad Eterna

                                ciudad más vieja

                     que me recibe

                                             con su simpleza,

                      sus callejuelas

                              y sus casonas:

            en mi visita                                

                                  me impresionan.

-.-


  Los días pasan                         

                             y agradezco 

  las atenciones                       

                            y emociones.

-.-


    Queda este canto                       

                                     para el recuerdo

        en otra vida,                                  

                                    en otro tiempo.


                                                   Café Marziali, Roma, 24/10/14       Tonio de Almagro


 

 

La Niña y la Prima

  


La niña y la prima

que salen de casa

corren hacia el puente

que cruza el arroyo.

=.= 

La niña acompaña

a su prima amada

y pasan por frente

la casa del loco.

 =.=

Éste asomado

a una alta ventana

ve pasar las niñas

y sonríe un poco.

=.=

La prima asustada

huye hacia su casa

y la niña mira

al loco a los ojos.

 =.=

Y sin miedo alguno

al hogar regresa

sonríe contenta

a pesar de todo.

 =.=


 

 Los bailes de Carnaval (lo que no fue)

                                                                                                                    Quizás 1961   

    El sábado anterior y el siguiente a la semana de Carnaval, se realizaban los consabidos bailes luego de los desfiles de disfraces y público participante, en la cuadra frente al club, ornamentada con guirnaldas de luces y cintas de colores.

   Las orquestas contratadas para la ocasión se daban a conocer unos días antes en la cartelera del club y uno imaginaba un comienzo con tangos y milongas, luego música más movida con los mismos artistas que vestían otra ropa, ejecutando paso-dobles,  foxtrotrock&roll y canciones populares de moda. 

     Mi madre era una entusiasta de los disfraces y en solitario o agrupando vecinas y amigas, organizaba su participación en esos eventos de la carnestolendas. Una vez armó un equipo de fútbol con intervención de las vecinas del barrio, de piernas blancas y regordetas, vestidas con camisetas a rayas verticales rojas y blancas, pantalón azul y medias tres cuartos también azules. 

  Sus facciones, disimuladas convenientemente con maquillajes coloridos y antifaces brillosos, disimulaban muy bien sus identidades, para que las personas asistentes al corso no pudieran diferenciar a la mujer del verdulero, o la del panadero y menos a la esposa del farmacéutico.

     Se jugaba con serpentinas, papel picado o agua florida en pomos de estaño, de manera discreta y sin violencias.

  Luego de algunas vueltas a la cuadra del corso, los disfrazados de a pie y las comparsas infantiles o murgas de musiqueros adultos transportadas por carrozas ornamentadas (camionetas o chatitas) eran aplaudidos y saludados por público asistente.

     Dos horas después de iniciado el corso, todos: mascaritas, grupos de comparsas y espectadores, y finalizado el paseo de disfraces, se agruparon en la vereda del Club para adquirir su entrada al baile.

     Aquellos disfrazados que ocultaban su rostro con máscaras o con maquillaje, debían solicitar un permiso en  el Destacamento de  Policía o revelar su identidad en la puerta del baile al Agente de Policía turno: ello se debía a que, si el de la máscara cometía algún incidente serio, golpes o heridas a algún concurrente al baile, se podía saber quién era y la policía obrar en consecuencia, teniendo identificado al agresor si huía del sitio.

     En una de las mesas cercanas a la pista bailable en el salón del Club, que tenían una visual cercana al accionar de las parejas que danzaban, estaban ubicados el Oficial encargado del Destacamento policial de la localidad y su familia a quienes acompañaba su invitado, amigo y compadre el Jefe Regional que residía en Junín, su esposa y su joven hija de pelo corto con rulos.

    Los chicos no pagábamos entrada pues no bailábamos, pero los juegos de  Carnaval  estaban prohibidos en el salón de baile. A fin de conseguir un permiso extraoficial y que los concurrentes pudieran arrojarse agua florida y papel picado entre sí, mi madre se acercó sigilosamente al Jefe Regional y le arrojó un poco de papel picado, para sorpresa de éste. Cuando el Jefe preguntó al Oficial quién era esa señora y al enterarse que era la mujer del farmacéutico, permitió que se jugara discretamente durante el baile.

    Así fue como mi madre habló con quién, en un futuro, iba a ser mi suegro, el padre de la joven de cabello con rulitos, de visita en ese pueblo y en ese baile de Carnaval



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