El tren del pueblo
El tren del pueblo
22 de abril de 2009 a las 14:06
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Era el acontecimiento bisemanal
que sacaba del letargo a aquel pueblo de quinientos habitantes. Pasaba
a la mañana hacia la ciudad y regresaba por la tarde hasta la última estación
del ramal. Como yo concurría a la escuela a la mañana, en horas de la siesta
íbamos con los chicos a ver el paso del convoy que constaba de una locomotora
a vapor, su tender, el vagón de mercancías y correo, y uno o dos coches de
pasajeros. Diez minutos antes del arribo
veíamos el movimiento del personal ferroviario: el telégrafo repicaba
insistentemente, el guardagujas bajaba la señal de acceso a la estación, y
verificaba los cambios de vías, el jefe tañía la campana, con lo que
preanunciaba la llegada en horario del tren. La gente en el andén aguardaba
ansiosa a algún familiar que había anunciado su llegada y los comerciantes
esperaban los pedidos que habían efectuados a los mayoristas de la
metrópolis. Para mi padre, el farmacéutico del pueblo, llegaban los jabones
Manuelita, las colonias y perfumes en grandes cajas de cartón o madera, que
luego transportábamos a la farmacia. Pero los chicos esperábamos el desembarco de los rollos de película que
semanalmente nos proveían de entretenimiento y recreo
en las
funciones de viernes
y domingo |
los dos cines con que contaba ese pueblo. Llegaban entonces cuatro bolsas
de lona atadas y precintadas con alguna etiqueta donde informaba el nombre de
la película de su interior, que tratábamos de descifrar pues la letra era muy
confusa. Películas nacionales de los años cincuenta y algunas extranjeras de
vaqueros o gánsteres eran las que habitualmente enviaban las distribuidoras
cinematográficas a la consideración de las gentes del pueblo. (1) La rechinante y vaporosa locomotora,
luego de una estadía de cinco minutos, hacía rechiflar el silbato anunciando
su partida y lentamente el tren dejaba la estación. A veces colocábamos una
moneda en el riel y luego que el tren la pisara, recogíamos un medallón de
aspecto similar a una condecoración. En pocos días más se repetiría el episodio a pesar del calcinante calor del verano que hacía a los caminos de tierra inmensos arenales solo aptos para conductores expertos y de las lluvias del invierno que los tornaba en lodazales y lagunas intransitables: las vías en terraplén eran el constante vínculo de ese pueblo comunicándolo con otras poblaciones rurales y las grandes ciudades. (1)https://www.facebook.com/notes/tonio-de-almagro/los-cines-del-pueblo/392056868443 |
Phil Domingo, 11 de Agosto de 2002
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