LLEGAR Y OTRAS

 

LLegar...

 Debíamos de salir de casa a eso de las cinco de la mañana para trasladarnos desde Ciudadela hasta aquel pueblo donde mi padre hacía las veces de Farmacéutico. Porque con sus conocimientos de preparador de recetas, idoneidad en la materia y mediante certificado de la Dirección Nacional de Higiene, que le otorgó el título de   Dependiente Idóneo en Farmacia podía gerenciar, explotar y asumir las responsabilidades de una Farmacia única en un pueblo de provincia. Y hacia allí partimos ese día a las cinco de la mañana en las recién iniciadas vacaciones de invierno con mis recién cumplidos ocho años.

     Junto a mi madre y mis dos hermanas tomamos un colectivo en cercanías de mi domicilio que nos llevó hasta Liniers y desde allí otro nos acercó hasta Caseros para luego tomar allí el tren local que nos aproximaría a la estación donde paraba el de larga distancia que abordaríamos para llegar al pueblo donde trabajaba mi padre. El tren local del San Martín nos llevó hasta José C. Paz y al poco tiempo llegó el esperado tren al cual abordamos, entusiasmados, con todas nuestras valijas, paquetes y merienda. Fue recorriendo localidades cada vez más alejadas de la Capital y rodeadas de campos donde pastaban vacas, trotaban caballos y crecían los sembrados. Toda una novedad para mí que sólo conocía tramos del ferrocarril local pues asiduamente visitábamos parientes que vivían en Tte. Gral. Ricchieri, actual Bella Vista.

     Las ciudades y pueblos se sucedían cada vez más pausadas en el tiempo y luego de unas horas, pasado el mediodía, descendimos en Chacabuco donde aprovechamos para merendar algo mientras esperábamos la combinación de otro tren que nos llevaría hasta el pueblo donde estaba mi padre.

           Hora y media después se aproximó en una vía lateral una negra y chirriante locomotora de vapor que arrastraba dos coches de pasajeros y un furgón de encomiendas. Con sus vagones de madera, era lo más parecido a aquellos trenes que veíamos en las películas del oeste: trenes cortitos y asientos duros para los pasajeros. El guarda ya anunciaba la próxima partida y los pasajeros nos acomodamos en los lugares previstos.

     Luego de transitar los campos de la pampa húmeda, aparecía algún pueblito cuya estación de trenes era el nexo con la urbe a través de aquel convoy de tres vagones. Vino un segundo pueblo, luego un tercero y esperamos el siguiente, cuyo nombre ya conocíamos de memoria, pero nos encantó verlo en el cartel de la estación.

     Ya preparados para descender vimos el piso de carbonilla, las agujas de entrada y salida, el reloj, los muebles de madera lustrada: era una típica estación de pueblo, cuidada y atendida por un jefe y ayudantes. El tren frenó y descendimos.

     En el andén estaba mi padre esperándonos, y una alegría inmensa nos invadió al verlo pues tres meses atrás había llegado para hacerse cargo de esa Farmacia y solo conocíamos su quehacer por las visitas periódicas que mi madre realizaba al pueblo llevando mercaderías y perfumes para la venta.

     Eran las tres de la tarde y la aventura en el tren había concluido...... no.... aún sigo esa aventura añorando aquellos trenes que nos llevaban a cualquier pueblito del interior del país, pensando en el futuro y siguiendo su evolución en los países que apostaron por un transporte de pasajeros y carga menos contaminante y más económico.

circa julio 1954                                                                  Publicado por tonio en 20:11 


    

                    Sábado, 10 de marzo de 2012 


    Siempre que puedo y tengo el tiempo suficiente, remonto alguna línea de trenes que me lleve a parajes desconocidos para repensar un poco mi vida y apreciar el quehacer de otras personas.
    Así fue como me decidí por Villa Rosa, terminal del Belgrano, y llevé mi cámara de fotos para traerme un recuerdo de esos lugares. 

   Aquella mañana se presentó con un cielo diáfano, muy especial para quienes estamos encerrados en la ciudad, y tuve ganas de recorrer las aldeas suburbanas. 

    En los primeros kilómetros, el tren transita por barrios paquetes, canchas de polo, de tennis, el aeroparque, mucho verde y naturaleza cuidada. Más adelante, al pasar a la provincia, la estación bajo la autopista me sobresaltó: era oscura y algo sucia. Luego de unos minutos el paisaje se fue transformando y de edificios de varios pisos pasamos a casitas chatas con parque, que después se trocaron en villorrios de chapa cuyos fondos daban a las vías del ferrocarril. El lugar se hizo cada vez más descampado, y entre una y otra estación los espacios verdes semejaban campos sin cultivo y sin cuidado.

   Los altoparlantes de cada estación indicaban al viajero en qué lugar se encontraba y la atención del personal del tren era muy buena.

   Al cabo de hora y media de viaje llegué a la estación Villa Rosa y me dispuse a recorrer el lugar y a almorzar algo. Las calles de tierra roja me sugerían que en épocas de lluvia eso era un lodazal, pero ese día, los terrones hablaban de varios días sin lluvia. Caminé unas cuadras alrededor de la estación, fui al bar de la estación donde pedí una gaseosa y un sándwich. En una hora más partiría el tren de regreso y me acerqué al andén para abordar la formación que ya estaba  esperando la salida.

    Aunque aún no era la hora, el tren ya estaba en la plataforma esperando los pasajeros, así es que subí y me dispuse a leer una revista que llevaba conmigo. En es momento me acordé: no había tomado las fotos que justificaran mi viaje. Desde en asiento, me asomé por la ventanilla y, viendo que en una pared de la estación estaba pintada una leyenda:

"Bienvenidos a Villa Rosa" 

la enfoqué y disparé una toma.  Unos obreros del ferrocarril que estaban charlando cerca de la pared pintada, oyeron el clic de la cámara y me miraron.

   Algo comentaron entre ellos y al ratito estaban bajo mi ventanilla y me preguntaban:

  – Oiga, Don ¿Usted nos sacó una foto?

 –les dije medio dubitativo  – Sólo enfoqué, la bienvenida pintada en la pared. ¿Ustedes estaban al lado no? 

 –Sí. – me respondió uno, el más alto –Y nosotros, ¿salimos en la foto? – Yo no sabía si eso era bueno o malo. Quizás los tipos tenían algunas cuentas que pagar y no querían que los fotografiasen.

 –¿Es para alguna revista? – me preguntó el otro, más morochón y con cara de pocos amigos.

 – – inventé rápido  Yo hago fotos de las estaciones suburbanas que después se publican y seguí inventando: – La semana pasada estuve en Moreno, la otra el Glew.

 –Ah... Bueno...parece que se conformaron con la explicación y se fueron. Me quedé esperando que el tren partiera rápido pues yo creía que me iban a robar la cámara aquellos obreros del riel.

  Unos instantes después están en el pasillo del tren y me preguntan:

–Hola, señor.me saludó uno y me sobresalté,

pero prosiguió como si nada¿No sabe cuándo va a salir la revista?

  Lo que parecía una amenaza o advertencia por  inmiscuirme en sus vidas se convirtió de pronto en una suerte de rompecabezas para armar. Ellos querían saber si sus imágenes fotográficas iban a ser publicadas en una revista de máxima circulación.

 Y... no sé: yo se lo presento al jefe y él decide cuándo se publicará; hay que armar el artículo y corregirlo. Calcule un  mes... mes y medio. – inventé rápido y eso parece que los convenció.

Bueno, gracias!–dijeron casi al unísono y

 se retiraron.

  Suspiré aliviado y continué esperando la 

salida del tren hojeando la revista señuelo. 


    En  uno de los asientos cercanos al que yo

ocupaba, viajaban dos señoras con sus niños.

Una de ellas eleva la voz y me pregunta: 

 – Perdone, señor...¿cuándo sale la revista?

por supuesto que escuchó la conversación que había mantenido con los obreros y volví a inventar.

Creo que, dentro de un mes, más o menos 

También a ella le interesaba saber  cuándo

una revista capitalina se ocuparía de su 

pueblo. – Cuando el jefe decida que hay 

material suficiente publicará la nota. 

     La señora se volvió hacia su  amiga y algo

 conversaron por lo bajoAgradeció a la

 distancia siguió su charla con la amiga. 


Me pareció que  quedaron conformes con la

somera explicación que les brindé porque no

preguntaron nada más.

   Ya era la hora y el tren partió hacia la metrópolis, rechinaron las ruedas  el traqueteo se hizo más y  más estruendoso.

   Esa hora y media de regreso calmo me sirvió para reflexionar sobre la simpleza y las necesidades de las gentes del conurbano, quienes, ante una mínima expresión de     cambiar la rutina pueden llegar a repensar un  futuro diferente.    

                                

                                                                                           Phil  circa 1996



Los Asaltos del Pueblo

5 de mayo de 2010 a las 18:39

   En algunas de las casas de los que vivíamos en el pueblo nos autoconvocamos(?), para realizar una reunión con bebidas, comidas y también música, infaltable para lograr un acercamiento al sexo opuesto.

 Las tardecitas calurosas del verano daban la oportunidad de realizar esos eventos en el patio de las casas, y en esa ocasión recuerdo el asalto en casa de las mellizas, frente a la plaza principal (¿hay otra?), donde nos congregamos apenas se ponía el  sol

 La madre de las chicas había preparado sándwiches y tortas y los muchachos colaboramos con bebidas no alcohólicas. El winco sonaba estridente con las canciones de moda, y el baile pronto comenzó, haciendo punta los más atrevidos y dispuestos. 

   Luego de dos horas de baile y refrescos se hizo un recreo y la casi veintena de chicas y chicos salimos a la calle donde corría un poco más de aire.

   Algunas parejas cruzaron hasta la plaza de enfrente, ya a oscuras por la nocturnidad, y desaparecieron de nuestra vista. Unos minutos después, quienes quedamos en la vereda de la casa, cruzamos y observamos unos movimientos en los matorrales bajos producto de la efusividad del apasionamiento de alguna pareja. Nuestra proximidad hizo cesar las caricias y besos de las parejas involucradas, quienes regresaron a la fiesta, ellos acomodándose la camisa, ellas sacudiéndose la pollera.

 Seguimos con la música, las bebidas y las tortas comentando lo sucedido y presuponiendo la formalización de algún noviazgo incipiente.

Ante el inminente corte de luz de la usina que suministraba el fluido eléctrico, nos despedimos de las anfitrionas y regresamos a nuestros hogares, pensando ya en el futuro asalto con baile y muchachas, en la casa de alguna de ellas, donde quizás fuera yo quien robara ese beso en la oscuridad de la plaza a alguna chica bonita. -

Phil, 04/05/10 


El Club del Pueblo

7 de enero de 2014 a las 0:24

        Varios motivos convocaban a los chicos del pueblo a integrarse al Club del pueblo:
1.   El cine que funcionaba en el salón principal los finesde semana al igual que los bailes de los sábados a la noche. 
2.   La cantina en la que los grandes jugaban a las cartas y hacían billar y casín luego del almuerzo o por la noche.
3.   La pista circular en el gran lote donde se organizaban los bailes del verano.
4.  La casa del cantinero, que merece este capítulo:
    Los domingo a la mañana, luego de la noche del baile, los chicos nos reuníamos junto con el hijo del cantinero en la pista al aire libre y buscábamos entre las tapitas de gaseosas y cervezas, las más raras, que siempre eran "las patito".  Así las llamábamos pues tenían la ilustración de dos aves de plumas blancas las que luego nos enteramos que eran cisnes.
 

    Luego de un tiempo entretenidos en ese

menester, disputábamos juegos de vigilante-

ladrón al mejor estilo del oeste americano:

 formábamos dos bandos, uno de los cuales

 se escondía y el otro, luego de un tiempo de

 espera, salía a buscarlo.

   Esa mañana me tocó buscar a los malhechores que se escondían entre arbustos, bajo unas leñas o detrás de un gran galpón de chapa que tenía herramientas del club.

    Cuando detectábamos a alguno de ellos simplemente apuntábamos con el índice de una mano que aparentaba un arma, y gritábamos: "¡Pá!, Horacio" (o el Beto, o Mundito, Fanta) según fuera el nombre del encontrado, el cual debía darse por muerto.


    A mí, que me decían "El Chiquito de la Farmacia", o nada más que "Chiquito" y también decían que me parecía a un Boyero Eléctrico y me llamaban “El Eléctrico”,  por lo inquieto o movedizo, en otros juegos similares, trepado a un árbol y completamente quieto, pude eludir por un largo tiempo a quienes tenían que encontrarme.
    Por supuesto ganaba el equipo que mantenía por lo menos al último hombre vivo.
    Ya se hacían las horas de mediodía y debíamos regresar a casa pues nos esperaban para almorzar, pero previamente nos pedíamos alguna gaseosa o granadina con soda en la cantina que recién iniciaba su actividad atendiendo a los primeros parroquianos que consumían el vermouth como aperitivo antes del almuerzo.
  Al pasar de los años, ya muchachos, éramos nosotros quienes pedíamos el gancia con limón o el cinzano con fernet acompañados con manís o queso cortado y algunos seguían disfrutando la granadina batida con soda.

                                                                               phil Ene 2014   

1 -  https://www.facebook.com/notes/tonio-de-almagro/los-cines-del-pueblo/392056868443

                                             

                                             

El tren del pueblo

                                                                                                                       22 de abril de 2009 a las 14:0

Era el acontecimiento bisemanal  que sacaba del del letargo

 a aquel pueblo de quinientos habitantes. Pasaba a la

mañana hacia la ciudad de Chacabuco y regresaba por la

tarde tarde hasta la última estación del ramal.


    Como yo concurría a la escuela a la mañana,  en horas 

de la siesta íbamos con los chicos a  ver el paso del convoy

 que constaba de  una locomotora a vapor, su ténder, el 

vagón de mercancías y correos, y uno o dos coches d}

pasajeros.


 Diez minutos antes del arribo veíamos el movimiento del

 personal ferroviario: el telégrafo repicaba insistentemente,

 el guardagujas bajaba la señal de acceso a la estación

 y verificaba los cambios de vías, el jefe tañía la campana,

 con lo que se preanunciaba la llegada en horario del tren.

 La gente en el andén aguardaba ansiosa a algún familiar que había preanunciado su arribo en ese tren y los comerciantes esperaban los pedidos que habían efectuados a los mayoristas de la metrópolis. Para mi padre, el farmacéutico del pueblo, llegaban los jabones Manuelita, las colonias y perfumes en grandes cajas de cartón o madera, que luego transportaríamos a la  farmacia.
Pero los chicos esperábamos el desembarco de los rollos de película que semanalmente nos proveían de entretenimiento y recreo en  las funciones de viernes y domingo los dos cines con que contaba ese pueblo de apenas quinientos habitantes.
 Llegaban entonces cuatro bolsas de lona atadas y precintadas con alguna etiqueta donde informaba el nombre de la película de su interior, que tratábamos de descifrar pues la letra era muy confusa. Películas nacionales de los años cincuenta y algunas extranjeras de vaqueros o gánsteres, siempre en blanco y  negro, eran las que  habitualmente enviaban las distribuidoras cinematográficas a la consideración de las gentes del pueblo . (1)
   La rechinante y vaporosa locomotora, luego de una estadía de cinco minutos, hacía rechiflar el silbato anunciando su partida y lentamente el tren dejaba la estación. A veces colocábamos una moneda en el riel y  luego que el tren la pisara, recogíamos un medallón de aspecto similar a una  condecoración.
    En pocos días más se repetiría el episodio a pesar del calcinante calor del verano que hacía a los caminos de tierra inmensos  arenales solo aptos para conductores expertos y de las lluvias del invierno que los tornaba en lodazales y lagunas  intransitables: 

las vías en terraplén eran el constante
vínculo de ese pueblo comunicándolo con
 otras poblaciones y un nexo para llegar a la
 Capital.

Phil        Domingo, 11 de Agosto de 2002

(1)https://www.facebook.com/notes/tonio-de-almagro/los-cines-del-pueblo/392056868443

 


La Escuela (Prólogo)

  

    Verano del '55. El club me había acercado al conocimiento de quiénes iban a ser mis compañeros de escuela desde marzo. Todos estaban escolarizados, como se dice ahora, y de acuerdo a la edad diferenciábamos los grados. A mí me tocaba tercer Grado pues cumpliría los nueve antes del 30 de Junio. Y así, en mis charlas con uno de los chicos con quien compartía juegos y para conocernos un poco más, nos preguntamos nombres, gustos en revistas de historietas, autos de carrera, equipos de fútbol, etc. 

    Cuando llegamos a la fecha de cumpleaños grande fue mi sorpresa pues al decir la fecha paso a paso primero el año de nacimiento: el mismo para los dos, en el mes coincidimos plenamente y llegados a decirnos el día resultó que yo era mayor que él sólo por un día, es decir éramos casi mellizos y ambos teníamos una hermana mayor llamada Marta, y nos alegramos por eso.

   Llegado el inicio de clases nuestro tercer grado era por la mañana junto con cuarto, quinto y sexto, así es que ¡a madrugar! Luego de escuchar las campanadas con que Sixta preanunciaba la apertura de la escuela salíamos presurosos rumbo al aula.

   Algunos chicos vivían en el campo y, a caballo o en sulky, sus padres los acercaban a la escuela, y esperaban hasta el mediodía para retirarlos mientras hacían sus compras en el pueblo.

   El crudo invierno hacía un poco más difíciles los traslados a la escuela. Por suerte yo vivía a dos cuadras pero debía sortear una laguna escarchada que se formaba en la esquina de esas calles de tierra que con las intensas lluvias del día anterior y la posterior helada de la noche producía una capa de hielo en su superficie.    Crujían los pastos y la tierra se compactaba. Los caballos sudorosos, atados al  palenque frente a la escuela, humeaban del vapor que se enfriaba en el aire helado del amanecer.

  Era un ambiente distinto de aquella escuela de la Capital Federal en la que cursé los años anteriores: esta escuela era mixta es decir había varones y mujeres. En los recreos cada grupo hacía sus juegos habituales: los varones corrían carreras y mancha trompada  y las nenas charlaban de sus cosas y cambiaban figuritas.

    Cursar en la Escuela Primaria de Morse fue una experiencia inolvidable pues aprendí muchas cosas importantes para el intelecto y también para la relación de amistad entre compañeros. Uno de ellos, al caratular su cuaderno, escribió estos datos: "ESCUELA N° 20 - BARTOLO MEMITRE" quizás en honor de aquel dependiente de almacén Don Bartolo Benso 

    Cuando llegó el invierno en pocos días más sería mi cumpleaños. Ese día para compartir este acontecimiento con mis compañeros llevé al grado una bolsa con caramelos para que la maestra los repartiera. Quizás mi timidez hizo que no me expresara bien y la obesa docente de tercer grado, sin mucho disimulo dijo "¡¡Gracias!!" y metió mi bolsa en su cartera y se la llevó con ella. Los chicos se quedaron sin esas golosinas, pero comprendí por qué estaba excedida de peso la Maestra....

  30 de julio de 2012 a las 22:08

                      

Medalla

 



La Escuela (Capítulo I)

12 de noviembre de 2012 a las 20:42

  Ese invierno fue realmente crudo. Una helada tras otra, lluvias, lodazales en las calles, pero la firmeza y voluntad hacía de mi permanencia en la escuela algo natural. Cosas a favor: vivía cerca de la escuela, no tenía dificultades en el aprendizaje, pocas veces estuve con resfrío y era una obligación no un sacrificio. 

   Pero cuando alguno de mis compañeros padecía enfermedades que los alejaban de las aulas por unos días, mi madre me enviaba a sus casas para que no perdieran la tarea del día. Así fue como en varias oportunidades fui a la casa de Alfredo a llevar las tareas y él, desde su cama de enfermo donde pasaba los avatares de su debilidad, me agradecía y yo le ayudaba con los temas. Fueron varias las jornadas que concurrí a su la-do pues su recuperación se demoraba. Un día, en clase, nos enteramos de la noticia: ya no volvería a la escuela pues había fallecido.

    Todos sentimos tristeza por el acontecimiento y nos retiramos a nuestras casas con angustia. Esa tarde mi madre me vistió con el guardapolvo, me llevó al velatorio del amigo y allí estuve de guardia en la puerta de la habitación hasta la noche.

    A la mañana siguiente fue el entierro en el cementerio y todo el pueblo acompañó en el duelo.

 Llegaba la primavera y aprovechando el reverdecer de la naturaleza, una materia importante de la escuela era la huerta y en la quintita del fondo del lote, los alumnos ayudados por la maestra, plantábamos distintas semillas y plantines que después se transformaban en tomates, rabanitos, lechugas, zanahorias y otros productos de huerta.

    A media mañana, durante el recreo largo, se servía el mate cocido con leche o cascarilla caliente que mitigaba un poco el hambre después de dos horas de clase y nos daba energías para seguir dos horas más.

   La escuela del pueblo, sencilla y eficaz era la que nos formaba en los conocimientos y se complementaba con las enseñanzas que uno recibía en la casa desde sus padres.

Escolta


La Estancia

2 de mayo de 2010 a las 18:05

  En las tardes de calor estival, y para buscar un poco de aire fresco, solíamos recorrer las últimas calles del pueblo para desde allí dirigirnos a la estancia distante a unas diez cuadras. Luego de recorrer el camino arenoso y ardiente, llegamos al paso a nivel y entonces ya se podían ver las plantaciones de la estancia, sus pinos y arbustos del parque bien cuidado y la sombra... la ansiada sombra fresca y agradable.

   La arboleda alta y majestuosa permitía que una brisa suave envolviera nuestros cuerpos que, luego de la intensa caminata, necesitaba imperiosamente.

    La alfombra de piñas y agujas de los pinos era el lugar adecuado para tendernos a retozar y distendernos, escuchando el trinar de pájaros y el arrullar de las palomas.

       Un poco más allá estaban los montes de álamos en perfectas hileras, con unas marcas en cada lote que denotaban la prolijidad con que se clasificaban las plantaciones que, según me explicaron mis amigos, se hacían para determinar la edad del árbol. También me dijeron que se elegían los más derechitos para fabricar fósforos pues esa estancia vendía la producción a la compañía fosforera nacional, cosa que no me pareció muy cierta.

 Era habitual que el dueño de la estancia, un chileno de apellido Larrain, no se encontrara presente en el lugar por lo que solo había un casero responsable del cuidado del parque y un capataz y peones para los trabajos en el monte.

      Uno de los chicos había traído una pelota y jugamos un rato entre las piñas y los pinares luego de lo cual retornamos al pueblo.

    Habíamos pasado una tarde disfrutando del frescor de la arboleda pero al desandar el camino rumbo al pueblo, el arenal aún tibio y el aire caliente, nos hicieron tener sed y decidimos pasar por la quinta de don Rubén para ver si podíamos comer unos tomates al paso. Saltamos el alambrado y nos deleitamos sorbiendo unos tomates tibios cuya pulpa nos refrescó un poco.

        Unos chistidos nos alertaron de la presencia del dueño de la quinta quien, provisto de un palo amenazante, se acercaba para echarnos, y entonces emprendimos una veloz carrera hacia nuestras casas.   

    Varios veranos concurrimos a la estancia de la frescura y la naturaleza para disfrutar de esa paz y sosiego, pero por la quinta de don Rubén solo pasábamos lejos.

Phil Jueves, 16 de mayo de 2002

 

Los pasajeros del tren

2 de mayo de 2010 a las 17:53

   Ese día llegaron a la estación un matrimonio y sus cuatro hijos, tres varones y una nena, y con ellos sus bártulos.


   Bajaron del tren con valijas de cartón pintado, varias cajas atadas con hilo sisal, bolsas y bolsones raídos y se quedaron en el andén como esperando algo o alguien. Eran una familia pobre que venía a radicarse al pueblo.


    Algunos vecinos se acercaron a preguntarles si los esperaba algún familiar, pero el hombre dijo que no, que querían residir en el pueblo. Entonces los trasladaron hacia una casa deshabitada, casi una tapera, para que pudieran allí acomodarse hasta que consiguieran algún lugar mejor.

      El hombre trabajaba de albañil, y con sus changas y la ayuda de todos mantenía a su familia. El hijo mayor pudo entrar a trabajar en una panadería como aprendiz y allí se ganó el apodo de “Harina”.

      El menor de los hijos, de mi edad, fue mi compañero de banco en la escuela: era muy rápido con las matemáticas y muy aplicado en las demás materias.


    Jugábamos en los recreos a esos juegos de chicos que se tienen que terminan pronto pues luego de la campana debíamos reanudar las clases y “Coquito”, así lo habíamos rebautizado, era el que se llevaba los aplausos, porque en las carreras alrededor de los árboles del patio, les ganaba a todos.


     Otras carreras las corríamos en el aula para ver quien terminaba antes los problemas de matemáticas o las pruebas de castellano, y allí estábamos muy parejos. En una ocasión, la maestra nos preguntó algo, como que: quién no había cometido ningún error, quién hacía las cosas bien, y en el apuro por contestar antes que Coquito, levanté la mano y dije:


     ¡Yo!, señorita”. Grande fue mi sorpresa cuando, por no haber prestado atención al tema, la respuesta obvia era “Jesucristo”, pues de Él estaba la maestra enunciando sus cualidades.


    Como muchas, esa familia de inmigrantes pueblerinos vino a forjarse un futuro en un lugar que les dio todas las posibilidades de empezar una vida nueva, con trabajo y educación para sus hijos.



 

 

 

 

 

La copa de vino



 



          La noche calurosa me sugirió ir a comer unas porciones de pizza a La Continental. Allí se notaba el clima fresco de los acondicionadores de aire y me ubiqué solo, en una mesa, y le hice mi pedido al mozo.
  Los demás parroquianos charlaban animadamente: la pareja se arrullaba, los niños corrían entre las mesas, aquel  hombre golpeaba su diario y se enojaba con su celular.

     Todo transcurría de manera previsible.
    Al fin llegó el mozo con las porciones y el vino tinto y me dispuse a saborear ese manjar.
     Luego de unos minutos, me sorprendí al verla allí, casi rozando la silla vacía frente de mí. Me miro con sus bellos ojos y sentí en su mirada una súplica. Tomé la copa de vino y, como convidándola, sorbí un trago. 

       Ella comprendió mi silencio, pero rodeó la mesa y desapareció tras de mí como buscando otro lugar en la pizzería.
       No me di vuelta pues me pareció de mal gusto, pero ansiaba con verla otra vez.
     Continué con mi cena y al cabo de unos minutos, al levantar la vista, estaba otra vez frente a mí. Grande fue mi sorpresa y la de ella pues volvimos a mirarnos dulcemente. Con sus labios apenas besó mi copa y me di cuenta que esto era mucho más de lo que yo me imaginaba. 
     Con un gesto quizás egoísta tapé la copa con mi mano. Y así, eese arrebato de locura le hice beber el néctar de la uva a aquella intrusa mosca que arruinó lo que iba a ser una noche maravillosa.


-----------------------------------------------phil 23/02/2001    
  

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                                            Él leía... (consigna al iniciar el cuento)                   

                                                                  TONIO DE ALMAGRO·MARTES, 15 DE MARZO DE 2016


 Él leía el diario del día y las noticias de ayer. La humedad del ambiente y esa mañana de otoño presagiaban que las noticias no iban a ser buenas. El mozo le dejó el cortado que había pedido momentos antes y dejó el diario unos segundos. Bebió del pocillo lentamente mientras repasaba lo ocurrido la tarde anterior cuando regresó al departamento de Lucía más temprano que de costumbre.
    La había encontrado en brazos de otro hombre y sin ofuscarse, con absoluta calma, y sin escuchar explicaciones, les propinó cuatro puñaladas a cada uno dejándolos tendidos en el piso en un charco de sangre. Colocó el cuchillo entre las manos de ella y la llave del departamento en un bolsillo de él.       Luego salió sin prisa, deambuló unas horas por la ciudad, comió unas porciones de pizza y en la mañana fue a un bar del centro.
       Terminó de tomar el café y siguió buscando las noticias del diario.

     ¡Al fin encontró lo que buscaba! y leyó: 

                    Página 32 Columna 4  TÍTULO

"Pareja muerta en un departamento de Barracas." 

¡Esa era la noticia esperada! 

   Depositó el diario doblado sobre la mesa, dejó unos pesos y fue al baño a lavarse las manos. El agua corría levemente rosada por el lavabo y salió de bar mezclándose con la multitud que llenaba la calle Corrientes esa mañana de sábado.

   El mozo recogió su paga de la mesa y continuó leyendo la noticia del diario que estaba en la mesa: 

   "Se investiga las circunstancias de la muerte ocurrida a una pareja de hermanos en un departamento de Barracas. Varias puñaladas terminaron con sus vidas y al parecer de los expertos, que en un bolsillo del pantalón del varón hallaron el recorte de un aviso fúnebre con el fallecimiento de su madre, ocurrida dos días atrás en un pueblito del interior, hay incertidumbre en los investigadores policiales".

Phil en el Martita 14/03/2016


El Pasajero del TreN


   El tren se deslizaba raudamente sobre la llanura pampeana. Había dejado atrás las últimas poblaciones suburbanas y entonces, en ese atardecer, con la libertad que le daban las señales, avanzaba rápidamente hacia el oeste.

 En el coche Pullman de reciente refacción e incorporación al tren, los sonidos exteriores estaban amortiguados y sólo trascendía el traqueteo de los cambios en las estaciones provinciales. El suave balanceo amodorraba al viajero que ansiaba escuchar el resonar de las ruedas de acero en los cortes de riel. 

   Pasó una hora o dos entredormido y al fin decidió ir al baño del otro coche, el clase turista, donde los ruidos y los pasajeros eran diferentes. Allí sintió como el aire fresco se colaba desde las ventanillas mal ajustadas y los bogies trepidaban bajo sus pies. Por fin se aproximó a la puerta del coche que se hallaba entreabierta y dejaba que se colaran yuyos e insectos al interior del mismo.

  Abrió un poco más la puerta y los sonidos inundaron sus recuerdos de aquellos trenes tirados por locomotoras a vapor en su infancia y hasta percibió el humo de la máquina, el chiflar del silbato y el rítmico vapor en los cilindros.     

Ahora las vías no mantenían sus paralelas adecuadamente y el tren se balanceaba y saltaba un poco más. Sintió como si se le bajara la presión quizás por haber ido al baño recientemente o por el movimiento intempestivo del convoy, y en un instante su cuerpo fue arrojado fuera del tren. Rodó unos segundos sobre el pasto y el balasto y cuando quiso reincorporarse algo tocó con fuerza en su espalda.   Cayó tendido de bruces viendo las ruedas del tren pasar sobre el riel a escasos centímetros de su cara emitiendo un ruido ensordecedor.
     

El dolor en la espalda se hacía insoportable a medida que disminuía el trepidar del tren alejándose en la noche cerrada. Descansó unos minutos y luego trató de incorporarse tomándose del riel; pudo enderezar el cuerpo y sentarse sobre el extremo del durmiente. En su espalda algo húmeda el dolor había disminuido un poco y se mantuvo descansando algunos minutos más.

    Cerró sus ojos y las imágenes de su vida aparecieron en tropel y casi todas relacionadas con trenes: cuando puso una moneda en el riel y el paso del local le devolvió una medalla, los tañidos de la campana con que el jefe autorizaba una salida, las fugas del vapor de la locomotora cuando frenaba al llegar desde la capital y el ulular del rápido de las 23:30 horas que hacía temblar las vías como lo estaba sintiendo en ese instante a sus espaldas.

            Desde el “Martita” - Phil 04/04/2016


La Piedra en el Tren

      Tonio en el Martita 

 

 El viaje transcurría normalmente entre el calor agobiante y el chillido de las ruedas sobre el riel. Se sintió cansado y apoyó la cabeza en la ventanilla cerrada. Estación tras estación se sucedían pausadamente en el atardecer de esa jornada de calor acercándose a su hogar, luego de una labor extenuante en la ciudad.


    Ya el anochecer asomaba y las figuras quietas de quienes miraban pasar los trenes, se borroneaban y se asimilaban a la oscuridad reinante.


  En esa posición de reposo se adormiló unos minutos recordando sus juegos de niño en el campito cercano a las vías. Su madre lo llamaba insistentemente cuando oscurecía para indicarle que era la hora de comer. Y regresaba al hogar cansado pero contento de haber cumplido con su pasión deportiva y con sus amigos.    


      Las figuras en las sombras a unos diez metros de las vías sigilosamente  juntaron algunas piedras para arrojarlas al convoy en movimiento y  festejaron los aciertos.  


      Su madre lo recibía en la puerta de casa y con un coscorrón le daba un reto cariñoso. Esta vez, el repicar de los nudillos en su nuca, fue más fuerte de lo acostumbrado.
    O fuera porque su madre estaba más enojada o porque una piedra rompió el vidrio donde apoyaba su cabeza es que sintió un dolor agudo en la sien y una mancha oscura y pegajosa se deslizó suavemente como una cascada lenta en el vidrio de la ventanilla.


    "Bien!!", gritaron las voces de las figuras oscuras al ver por un instante el vidrio roto y la cabeza rota. El tren ululante y ruidoso continuó su marcha hacia el oeste y se perdió en la noche.


      "Otra vez!", dijeron los pasajeros en el tren.   

 "Cierren las persianas que están tirando piedras!", sugirió el guarda quien luego trató de despertar al pasajero cuando la formación llegó a la estación terminal y vio que no descendía, nunca sospechó que su madre lo había llamado por última vez.


 Rayuela


Era la hora de la siesta y cotidianamente concurría, a cinco cuadras de mi casa, a visitar a una preciosa dama, cabello rubio trigal peinado con colita.

   Sobre la vereda de tierra seca, endurecida con agua jabonosa, trazábamos las líneas que representaban la casa, los cuadros y el cielo de una rayuela con la que jugaríamos esas horas de reposo de los mayores.

     Un trozo de ladrillo hacía las veces de guía para completar la vuelta saltando en un solo pie y número tras otro recorríamos en varias oportunidades el trazado, alternándonos en el juego, que duraba hasta que la llamaban a tomar la leche, a eso de las cinco y media de la tarde.

 Pero un día me enteré de que alguien la pretendía, un compañero de la escuela andaba tras de ella quizás pretendiendo su sonrisa, sus palabras... Yo pensé que si ella era mi novia por compartir tantas horas conmigo, no debería dejar que otro la apartara de mí.

     Fue así como un domingo, cuando se disputaba un partido en la cancha del pueblo vecina a la plaza, mi rival jugaba en el equipo contrario y de buenas a primeras comenzamos a pelearnos ante la mirada incrédula de los otros chicos quienes creyeron que era una contingencia del juego. Él y yo sabíamos muy bien por qué (por quién) nos peleábamos, pero los demás no entendieron nada, nos separaron y continuamos con el fútbol.
  
    Pasó el tiempo, sus padres se mudaron del pueblo y no volví a ver más a aquella novia de mi infancia, pero que siempre recuerdo con mucho cariño y extraño aquellas tardes de rayuela en compañía de esa rubia peinada con colita.

                              Phil, 28/05/2010  


                       

 

 

 

 

                           Hostel - Roma                                     Super Mercado – Stockholm 

                          

El Circo

 

 

Se anunciaba la presencia de un circo en el pueblo a través de afiches callejeros o volantes que se repartían en los negocios, por lo menos quince días antes de su arribo. Un movimiento inusual de vehículos extraños y carromatos vivienda que aparcaban en el terreno municipal previsto para el efecto, nos preparaba para lo que acontecería en pocos días más.

 

Luego, los camiones que transportaban la carpa, animales y demás enseres, irrumpían la monotonía del pueblo con ruidos y rugidos. Por fin el día previo al debut se contrataban changadores y obreros para armar la carpa y las jaulas; al atardecer las luces iluminaban con guirnaldas la carpa y sus alrededores.

 

Alrededor de la pista central y única se armaban los palcos, más atrás las plateas preferenciales con sillas acolchadas, luego las comunes con las mismas sillas de chapa sin almohadoncillos y por último unas tribunas de madera para las populares. Sobre la lona circular estaban colocados varios cables para los equilibristas y más arriba la máxima atracción: los trapecios voladores.

 

Los chicos ayudábamos en el armado de las sillas y algunos otros trabajos livianos y a veces nos ganábamos una entrada.

 

 

 

 

 

La función comenzaba tarde, a eso de las 21 horas, que en invierno significaba que hacía dos horas que helaba, por lo que al trasladarse las familias al circo para las tres horas de entretenimiento, se acompañaban de las correspondientes estufas o tal vez bolsas de agua caliente para amenguar el frío que se transmitía desde el pasto recién cortado hasta las sillas de chapa que parecían salidas de un freezer y de allí a nuestras asentaderas.

 

Sí, era un sacrificio presenciar una función de circo en aquellos años, pero qué bien que lo pasamos viendo a los payasos, los equilibristas, malabaristas, luego venían los animales amaestrados y por último los trapecistas para culminar la jornada con una obra de teatro gauchesco o de conventillo, donde el payaso era el galán, la contorsionista la novia infiel, el trapecista el amante y todo se mezclaba de tal manera que era cómico en la tragedia, risueño en la adversidad, y triste en la alegría.

 

Terminaba el teatro circense y los espectadores aplaudían a los artistas, abucheaban al asesino y se sorprendían de que el muerto saliera a saludar junto con los demás. Y entre comentarios alentadores y deseos de volver a verlo, regresábamos a nuestras casas pisoteando el pasto crujiente por la helada.

                                                             Phil 2009-04-23

Amor en el circo

 

Uno de los números atractivos del circo era el de aquel equilibrista que trepaba a la cuerda floja con sus zapatos flexibles entalcados y su sombrilla vistosa. Vestido de negro, sus pantalones eran ajustados y con una presilla bajo la planta del pie para no enredarse con las botamangas, su camisa blanca abullonada y un chaleco negro completaban su atuendo.

 

Unas trompetas anunciaban su arribo a la pista y con un ágil salto trepaba a la cuerda para efectuar sus destrezas. Con pasos sigilosos, dos adelante uno atrás, avanzaba y se balanceaba tratando de llegar al otro extremo, temblando y transpirando para lograr un buen efecto visual y despertar aplausos cuando cumplía su cometido.

 

Estaba en uno de esos menesteres, cuando entre sustos y amagues, asombro y aplausos, pasos ampulosos y cortitos para mantener el equilibrio, el levantar una pierna más de lo debido para no caer, produjo lo irremediable en ese momento: la costura de la entrepierna cedió y dejo al descubierto un calzoncillo blanco que fue el hazmerreír de todos los asistentes a la función.

 

 

Abruptamente completó el número y fue a cambiarse para regresar unos minutos después siendo aplaudido por todos. Durante días se comentó el episodio en el pueblo y el circo se fue luego de una semana.

Un par de días transcurrieron cuando un rumor se acrecentó en el pueblo: una chica había desaparecido y decían que se fue con el circo. Los padres angustiados dieron aviso a la policía quienes pudieron averiguar que realmente se había ido con alguien del circo y estaba en un pueblo cercano.

Por un tiempo no supimos nada de ella y cuando año y medio después se vuelve a presentar el circo nuevamente en el pueblo, vimos que la partenaire del equilibrista era aquella chica desaparecida quien cuidaba en los momentos libres del espectáculo a un bebé en su cuna.

Habrá sido amor a primera vista, la ilusión de trabajar en el circo o algo que no apreciamos cuando se rasgó aquel pantalón pero que ella sí, lo que llevó esa chica a seguir al equilibrista en su recorrido de trucos y andanzas por los pueblos de la provincia.

 

Phil 2009-04-23

 

 

 

 

 

 

Peligro en el Circo

 La función ese día transcurría con la normalidad prevista por los anuncios: payasos, contorsionistas, malabaristas, equilibristas, domadores, trapecistas, enanos, etc., etc. Si no en ese orden, en el que el maestro de ceremonias y presentador tenía establecido. Pero el atractivo principal de ese circo en particular era que al final de la función un oso pardo, con guantes en las cuatro garras y con bozal, enfrentaría al mejor luchador y/o boxeador del pueblo con un cierto pago de pesos en premio si se lo vencía.

Creo que esa fue una de las pocas veces en que los chicos, cuatro o cinco, decidimos colarnos por debajo de la carpa y por un lugar apartado de la puerta de acceso accedimos al interior, justo debajo de la tribuna de madera que estaba cercana la carpa. Una vez dentro nos deslizamos suavemente y sin hacer demasiado barullo justo cuando las luces amenguaban para enfocar a los trapecistas que terminaban su función en la parte alta de la carpa.

    A fin de acortar los tiempos, aún no habían concluido los trapecistas su trabajo cuando ya se estaban armando las rejas para enjaular al oso con su contendiente humano. Nos ubicamos en la tercera o cuarta fila de las plateas (a esa hora ya nadie controlaba las ubicaciones) y con comodidad y alegría aplaudimos a los trapecistas, esperando la anunciada pelea. 

  Los bichos verdes (uniformados a cargo del mantenimiento) armaban la jaula con rejas que unían entre sí con rapidez hasta conformar un polígono dentro de la pista circular. Luego de la presentación con redoblantes y trompetas acercaron una jaula rodante a una puerta del enrejado y por otra puerta entró el domador. Sujetó al oso con un lazo y lo introdujo a la pista enrejada el cual dócilmente se paró en el centro de la pista (el oso, no el domador).

En esos momentos el domador/ entrenador/ manager reclamó la presencia de un voluntario para pelear con el oso y un muchacho del público, de buen físico aunque no muy alto fue a su encuentro. Con voz altisonante el domador anunció:   

-¡Oscaaaaaar va a luchar con el OOOSSSOOO! - El oso medía más de dos metros de altura parado en dos patas y estaba calzado en sus garras y patas con unos guantes tipo boxeador y con un bozal que impedía al mismo desgarrar y destrozar a mordiscones a su rival. Daba miedo verlo de esa manera pero todo iba a transcurrir dentro de la jaula y estábamos   seguros   quienes   desde fuera observamos los avatares de la contienda.

   Nos ubicamos dos filas más adelante para observar de cerca la pelea que ya empezaba. Oscar, con el torso desnudo, un pantalón de jean y zapatillas blancas, se calzó unos guantes de box y comenzó a hacer fintas frente al animal. Nuevos redoblantes y la pelea empezó, con variantes para ambos rivales: el muchacho esquivando los zarpazos y el oso recibiendo algún manotazo en el pecho. Ante el intento de abalanzarse sobre el retador, el domador sujetaba al oso con la correa firmemente atada al pescuezo. La pelea era a todo o nada y a veces el oso abrazaba a su contrincante pero este zafaba de esa situación y le propinaba un empujón.

El público aplaudía cada logro del muchacho y se entusiasmaba y gritaba con el transcurso de los minutos. Un instante después, trenzados en pelea cerca de las rejas, éstas se movieron un poco dando algo de dramatismo a la situación; pero por el apresuramiento en armar la jaula como por la penumbra en que se realizó la operación o por la ineptitud de los colaboradores, una reja se desprende de otra y deja la gran jaula abierta por donde el oso pretendió dirigirse hacia el público que aullaba de entusiasmo y de terror al ver esa mole de carne peluda y furiosa abalanzarse hacia las sillas donde estábamos ubicados. La gente huía, se escuchaban el entrechocar de las sillas de chapa y los aplausos de quien, como Roberto, continuaba parado en su silla y creyendo que eso era parte del espectáculo.

 -¡Vamos, Roberto! ¡Bajá de ahí!-  le gritamos para sacarlo del trance.

Por suerte el domador, ayudado por su personal, pudo sujetar al oso con otras correas que como lazos fueron inmovilizándolo y llevándolo hacia el centro de la pista, y otros cerraron provisoriamente las rejas que habían sido forzadas por los empujones de los contendientes.

El susto había pasado, la gente, ya más calma, regresaba a sus ubicaciones, Oscar recibió su recompensa por haber aguantado al oso el tiempo estipulado por round, y todos aplaudieron por los nervios pasados. A veces nos consume la emoción de los trapecistas, la valentía del tragasables, la impredecibilidad del ilusionista, pero esta situación de adrenalina extrema nunca la viví otra vez en mis diversas visitas a los circos que se sucedieron en mi vida.                 Phil 2009-04-23

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Mis inicios futbolísticos        20 de mayo de 2015 a las 2:31

    Siempre a los chicos nos ha gustado patear una pelota en cualquier circunstancia propicia: en la casa de la tía con el peligro de romper las macetas, en el baldío de la esquina con cuidado de no romper una ventana y en todo lugar donde haya un espacio razonable.

    Cuando esa tarde el vecino de la esquina, al decir de mis hermanas "el muchacho que sale con la morocha de la esquina", al efecto un muchachón de unos treinta años que aún defendía los colores de un club del barrio, nos llevó a algunos chicos del campito a practicar fútbol en los espacios verdes que bordeaban la Avenida General Paz a la altura de Liniers, creí que empezaba para mí una etapa fundamental en el desarrollo como deportista del balompié.

   Llegados al lugar formó dos equipos equivalentes a su criterio y distribuyó camisetas apropiadas para nuestra edad en dos colores diferenciables: blancas con una V azul y azules con una V blanca. Luego de una hora y algo más de observar aptitudes y dar indicaciones, nos llevó hasta el club, distante unas seis cuadras de ese lugar, donde apreciamos su pileta de natación, tomamos un refrigerio y nos acompañó de regreso a la cuadra donde nos había convocado. A los más aptos los citó para una segunda ronda de participación y la práctica se haría en la sede del Club. Debido a mi destreza aún no desarrollada en esa materia deportiva no fui convocado para esa circunstancia y desde ese momento supe que ya no sería mi ilusión deportiva.

    Sin embargo, con tres años más de vida y ya radicado en un pueblo del interior de la provincia, el ejercicio del fútbol era más habitual y lo hacíamos en cualquier potrero. En los fondos de una de las dos panaderías de ese pueblo teníamos un lugar para la práctica del fútbol y para cuyo vestuario se había preparado sobre un lateral un socavón de un metro de profundidad, tapado con chapas, que hacía las veces de vestuario y túnel de salida a la cancha.

    Al año siguiente se hizo un campeonato de fútbol infantil en la cancha municipal del pueblo ubicada en la manzana de al lado de la plaza principal. Se trazó una canchita infantil cruzando alambres a lo ancho de la misma y se acomodaron dos arquitos acorde a nuestra edad.

. Se plantearon equipos por cada barrio del pueblo y entré como delantero de los chicos del centro. A esa edad todos corríamos tras la pelota y regresábamos para defender nuestro arco. Un defensor contrario recibe la pelota y la lanza hacia nuestro campo con vehemencia sin respetar el avance que yo hacía hacia él y tal fue el impacto de la pelota sobre mi estómago que creo me levantó del suelo y caí como desmayado.

  Muy pronto mi madre, espectadora de lujo de ese evento, corrió presurosa a atenderme, pude reaccionar y continué el juego. Creo que mi equipo ganó el evento y se festejó el resultado, pero mi interés por el fútbol decayó un poco más.  Pasaron años y en ese pueblo se hacían partidos por equipos en canchita de papi fútbol donde yo formaba parte de un equipo de la ciudad, pero ahora en la posición de arquero. El manejo de la pelota con los pies era lamentable y con las manos también. Nos divertimos y perdimos algunos partidos y mis recuerdos del fútbol se acrecentaron de tal manera que hoy puedo escribir estas líneas. 

   Unos años más tarde se hicieron las Olimpíadas Universitarias participando con un equipo de profesionales con resultado variado.

    Más de treinta años después del comienzo de este relato mi hermana me llama desde Buenos Aires y me comunica: "¿Te acordás de aquel futbolista que te llevó a practicar en la General Paz?".

"Sí.", le contesté sin imaginarme a qué se referiría con aquel recuerdo. "El novio de la morocha de la esquina ahora ha muerto y lo llevan a enterrar en tu ciudad."


 Ahí caí en la cuenta de quién era el personaje que había sido mi entrenador en la materia. Hasta ese instante no tenía la menor idea, pero se me aclararon un poco las cosas y siempre lo tengo como referencia de mis inicios en el fútbol. 

    Y revisando un poco Wikipedia descubro algo más que casualidad por la cual yo me sentía identificado con este jugador y técnico del fútbol nacional y de otros países: Había nacido un 24 de Junio de 1927.

https://es.wikipedia.org/wiki/Osvaldo_Zubeld%C3%ADa            phil         20/05/2015

Mi novia Mariana

5 de mayo de 2010 a las 19:42

 

     Supe desde el primer momento que me iba a enamorar de ella. Su cabello rubio, su mirada dulce y complaciente y su sonrisa tierna, llegaron a mis sentidos y se quedaron para siempre en mi mente y mi corazón. 


    Solo pude decirle unas pocas palabras en una reunión protocolar pues su padre, un rico terrateniente, al verme con mis ropas informales, no podía creer que estuviera enamorado de su hija, y cortó toda comunicación entre ambos. 


    Así planteada la situación, conjuntamente con unos amigos, decidí que lo mejor era raptarla o invitarla a un paseo en mi velero. Debía hacerle saber que iba a ser por nuestro bien que ella aceptara la segunda condición y de antemano había bautizado al velero con su bello nombre para entusiasmarla a la idea del viaje por esos mares. 


    Esa noche zarpamos con una luna apenas oculta por tenues nubes grises. Mis amigos habían realizado un buen trabajo pues, según nos enteramos, su padre notó su ausencia al amanecer, dándonos unas seis horas de ventaja si nos perseguían. 

     Fijamos rumbo hacia la isla elegida con buen viento en popa, pero al atardecer el clima cambió y aparecieron unas nubes oscuras que anunciaban una tormenta inminente.

     Al poco rato las olas arrasaban la cubierta y mientras la tripulación arriaba las velas, subí al palo mayor para destrabar unos aparejos. El viento arreciaba y la lluvia me cegaba y empapaba mis ropas. Mi novia estaba a resguardo en el camarote principal aguardando mi regreso que se demoraba por lo difícil de la tarea. Al fin pude solucionar el problema y comencé el descenso desde la parte más alta del mástil del velero, que se balanceaba de manera peligrosa.


    En ese instante creí escuchar un llamado, un grito... Alguien decía mi nombre en voz alta. Era una voz femenina que me reclamaba urgentemente. 


    "¡Neeeeneeeeee! ¡Bajá de ese plátano y vení a tomar la leche! ¿No ves que está lloviendo?" 


    Trepado a las altas ramas de los plátanos del fondo de mi casa y en medio de una torrencial tormenta de verano, las ilusiones del tigre de los mares de la Malasia se transformaron en una realidad casera y gastronómica muy difícil de congeniar con mis aspiraciones de noviar con aquella rubia que aún recuerdo.

 

 

 

 Phil miércoles, 15 de mayo de 2002

 

 

El matadero

    Esa tarde de verano los chicos del barrio decidieron ir al matadero municipal. Cercano al cementerio donde íbamos a cazar torcazas, sobre una lomada, había una construcción a la que ellos denominaban de esa manera, pero yo no sabía de qué se trataba. La intriga iba a ser develada en el transcurso del paseo pues no tenía nada que ver con su vecino, el cementerio, como yo sospechaba y nunca me animé a preguntar.

    Allí, en el matadero, se faenaban las vacas, que los carniceros nos ofrecían en sus negocios o acercaban a las casas del pueblo con su carro alto, acondicionado para el transporte de los cortes que las vecinas compraban.

    Nada más parecido a un patíbulo: llegamos hasta el cementerio y cruzando unas alambradas trepamos la lomada para por fin llegar al lugar del sacrificio. En ese sitio había unos corrales donde se encerraban los animales que cada carnicero había aportado para el evento que ocurría una o dos veces por semana. De acuerdo con la demanda y los precios del día, entre los tres carniceros enviaban cuatro o cinco reses a los corrales.

    Uno de ellos o su peón, a caballo, llegaba hasta el corral y enlazaba a uno de los animales ya seleccionados y lo llevaba hasta un poste clavado en una explanada. En esos momentos pude apreciar que el lazo era una cadena fina de unos diez metros de largo, que hábilmente manejada por el individuo a caballo, se ajustaba fuertemente al cogote de la vaquillona, hasta casi ahorcarla. Amarraba junto al poste, la desorbitada y babeante vaca mugía y pateaba renegando de su futuro.

    Otro de los presentes, diestro con el cuchillo, era el encargado de matar al animal. Se acercaba al poste e introducía cuchillo y brazo una cuarta por debajo de esa cadena. Con una certera puñalada a la altura de la arteria yugular, producía el desangrado del mismo. Regada la tierra de ese líquido rojo oscuro formaba charcos en los que el animal resbalaba y por fin caía con los estertores de la muerte.

    Entonces la vaca era arrastrada hacia un pequeño patio de baldosas donde se procedía a cuerearla y destriparla. Algunos perros se acercaban queriendo robar los garrones y cualquier otro desperdicio que el veterinario descartara. Los intestinos se lavaban en una tina y se limpiaban con abundante agua para que luego, un habilidoso, los trenzara en un santiamén.

    Desocupado el vientre del animal, se colgaba desde las patas traseras con un aparejo y con una sierra se lo partía al medio. Quedaban entonces cabeza, cuero, tripas, bofe, corazón, hígado, riñones, chinchulines, etc. en una mesada de madera, y las medias reses pendiendo de un gancho, todo lo cual, previa revisión del profesional veterinario, iba rumbo al carromato del carnicero.

    Las moscas zumbaban por doquier y los perros siempre conseguían algo para comer. Todo debía hacerse en el menor tiempo posible, para lo cual ya otro animal estaba amarrado al poste por la cadena esperando a su matador. Y así, en menos de dos horas, los carniceros volvían a sus casas para aprovisionar a sus clientes de los manjares de la buena carne.

    Con el tiempo aquello fue cambiando: la vaca se embretaba y era introducida con la ayuda de picanas a la nueva construcción azulejada donde los mismos expertos despostadores, con birrete y delantal blanco, se hacían cargo del animal que había sido desmayado por el certero golpe de una maza dado en el centro del cráneo.

    En otra oportunidad en que concurrí con los chicos al matadero vimos como mataban a una vaca gorda. Cuando la abrieron, dentro de su vientre encontraron un nonato: esa madre había sido sacrificada junto a su cría. Los carniceros se sorprendieron y nosotros también pues no es común que se maten a las vacas preñadas. De todas maneras dicen que esa carne del nonato es muy tierna, un delicioso manjar de paladares finos, pero no para mí. 

    

      

      Phil, domingo 26 de mayo de 2002 19:01:00

 

Mis Inicios Musicales

   Con un tío al que yo acompañaba a los conciertos gratuitos de la Sinfónica Nacional en la Facultad de Derecho, aprendí a apreciar la orquesta en su dimensión total. Hasta ese momento en casa siempre se escuchó música clásica ya sea por radio o discos de pasta, luego LP. 

  Los días domingo por la mañana, mi hermana Ruth nos despertaba con óperas transmitidas por Radio Nacional y que ella entonaba mientras lavaba la ropa de todos en la pileta del patio. 

Mi tía Esther, que vivía en Ramos Mejía, tenía un piano que yo aporreaba a los doce años, tratando de interpretar las partituras. Mi madre apreció ese interés por la música y me compró una guitarra en casa América con la cual tomé clases en Capital Federal en el Instituto Fracassi y en vacaciones con Elba Emanuele en Morse.                                                                    En esos tiempos del secundario yo vivía en Ciudadela a pocas cuadras de la Avenida General Paz. Mi tío venía desde Bella Vista e íbamos en tren desde Liniers y algún colectivo o tranvía nos acercaba a Figueroa Alcorta y Pueyrredón. Con una invitación retirada previamente en Radio Nacional tenías derecho a una butaca del gran salón de actos de la Facultad.

      Como no la teníamos, la ubicación era de pie y cercana a la percusión de la orquesta donde me entusiasmaba ver timbales, platillos, triángulo,  castañuelas, etc. y campanas como las que se oyen en el penúltimo movimiento de la sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz y que yo repetía en casa escuchando el LP en el Wincofon.

   Transitaba el tercer año del Nacional y para no perderme las clases musicales que transmitía por Radio Municipal el musicólogo Ernesto Epstein, concurría a clases portando una pequeña radio Sony a transistores, novedad para esa época, que mi tía Esther había traído en uno de sus viajes por Europa.

   En esa etapa de mi vida sabía leer la música escrita y me animé a escribir mis propias partituras para lo cual compré cuadernillos con veinte pentagramas, necesarios para escribir los instrumentos de una orquesta sinfónica.

   Una anécdota final: aquel director de orquesta de la Facultad de Derecho en los años '6O fue el maestro Pedro Ignacio Calderón a quien volví a ver hace 8 años en la Farmacia donde yo trabajaba en CABA y recordamos aquellos tiempos.

   Una a favor: su nombre estaba escrito en la receta como paciente del seguro social, y al observar su rostro me resultó conocido. También lo recordaba de los conciertos en el Auditorio Belgrano en años más recientes.

 

 https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/una-noche-brillante-en-belgrano-nid599495/

    Una noche brillante en Belgrano-



" ♪♫ Tengo tres(cuatro) patitos ♪♫ "

31 de enero de 2015 a las 21:21


 Una Pata con tres patitos iba caminando alegremente en la mañana soleada del verano rumbo a la laguna cercana a pegarse un chapuzón y les cantaba a sus pequeños para que apuraran el paso una canción infantil:

"♪♫ Yo te_ngo tres pati__tos ...♪♫... yo te_ngo tres pati__tos ♪♫". 

   En cuanto llegaron, la pata se refrescó nadando varios minutos y los patitos retozaron, jugaron y se zambulleron cerca de la orilla. Pasado un tiempo la pata comienza a cantar la consabida canción para encaminar a sus hijos hacia el sendero que los llevaría de regreso a su casa 

 "♪♫ Yo te__ngo tres pati_tos...♪♫  .. yo te__ngo tres pati_tos ♪♫".

    Los pequeños, algo rezagados, alcanzan a su madre luego de varios minutos, se miran y le dicen a la madre pata: "Mamá: sólo somos dos. Chiquitín se quedó a jugar con una mariposa y no ha escuchado tu llamado." Angustiada, la pata emprende el regreso a la laguna.    Mientras tanto, Chiquitín, entretenido con las zambullidas, chapuzones  y mariposas se había alejado un poco y no escuchó el llamado. Por un momento se encontró solo pero cerca de él vio dos patitos a los que confundió con sus hermanos. Una pata afligida le comentó entonces ¡“Yo tenía cuatro patitos y han desaparecido dos! ¡Estoy muy triste...!". Chiquitín se acercó a ella y le dijo si podía ayudarla para que no sufriera y se unió al grupo. La señora pata aceptó a Chiquitín y conforme con recuperar al menos uno de sus pequeños perdidos regresó a su hogar. 

   La madre de Chiquitín regresa a la laguna y sólo encuentra dos patitos que, desconsolados, reclamaban por su madre pata. Al verlos tan apenados decide ella encargarse de los pequeños y mitigar en algo el dolor por la pérdida de Chiquitín. Regresa entonces a su hogar cantando una canción:

"♪♫ Ten_gó cuatro pati__tos . ♪♫  ... Ten_gó cuatro pati__tos ♪♫"

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H.C.Andersen Park- Denmark     



Doña Marta   


  Un día como hoy no existía cuando uno era chico. Aparte la teníamos siempre presente tanto con su palabra como con sus recomendaciones, con sus consejos y sus chancletazos. Pero era la madre y eso se valora por sobre todas las cosas. Su “DÍA” era seguramente el día de su cumpleaños, donde se la liberaba de su obligación de cocinar y se encargaba algo a la rotisería o se iba a comer afuera u, ¡oh! casualidad, ya había alguna pasta rellena lista para ser consumida con un hervor previo. 

 

Vivíamos en Ciudadela, a pocas cuadras de  la  Avenida  General Paz y pasado el tiempo, ya instalados en un pueblito de provincia, dejó  de   llamarse  "La Mami"  como   le  decíamos  mis hermanas y yo, y pasó a  llamarse "Doña Marta", apelativo que consiguió por ser la señora de "Don Carlos", como denominaban los lugareños a mi padre, a la sazón el boticario del pueblo.

 

   Para mi cumpleaños, apenas iniciado el invierno,  más  crudo invierno con heladas continuas,  preparó Doña Marta el consabido chocolate y asistieron mis compañeros de quinto grado. Trajeron regalos y juguetes y mi madre colaboró con una prenda envuelta en un papel brillante y moño de regalo.  Abro este presente y era un pijamas hecho por ella misma pues oficiaba de modista y costurera.


  Extiendo la prenda para mostrarla a los amigos y veo con sorpresa que las piernas del pantalón terminaban como los ositos de bebé, con inclusión   de pie para resguardar el calor y no tomar frío.  Sonrojé mientras los demás reían. Una madre siempre te cuida un poco más.


    Más adelante regresé a Ciudadela a completar mis estudios secundarios y la universidad con lo que las visitas al hogar donde moraban mis padres se hicieron más esporádicas, pero siempre pasaba mis vacaciones de estudiante,  tanto  de invierno como de verano en aquel pueblo de provincia.

 

   Mis hermanas también regresaban en sus vacaciones y era otra vez la familia reunida en torno a la madre. Pero las que se habían casado tenían otras obligaciones y regresaban muy de vez en cuando al pueblo de campo.

 

   Tras cuatro años de carrera universitaria, llegó la graduación y Doña Marta que estuvo presente ese día, me regaló una lapicera fuente en una cajita muy vistosa dándole un viso profesional al acto pues con ella podría yo transcribir las recetas recibidas al libro recetario, como marca la ley. Un año después dejó el planeta rumbo al cielo de las madres desde donde a veces cubre mis pies fríos con su cálida mirada.

                                                                          Tonio de Almagro      Domingo, Octubre 21, 2018

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Duelo en la Noche

  A eso de las tres de la madrugada concluían los bailes organizados por alguno de los dos clubs con que contaba el pueblo.

     La señal luminosa demarcaba la hora límite del evento y cada participante regresaba a su casa alumbrándose con linternas o faroles, las madres acompañando a sus hijas y los muchachos esperando robar un beso entre los ligustros. Caminé una cuadra hasta mi casa y veinte minutos más tarde ya estaba completamente dormido.

  Ya al amanecer, cuando alguien tocó el timbre a pilas de la farmacia que me despabiló un poco, me enteré de lo ocurrido horas antes, luego de terminado ese baile.  Por cuestiones de polleras, dos jóvenes dirimieron sus diferencias y preferencias en un duelo criollo justo en la vereda de enfrente a la escuela primaria, lugar que conocíamos todos los que concurríamos a la misma.

 Uno de ellos portaba un arma de fuego con la que efectuó un disparo a su rival el cual a su vez desenfundó un cuchillo o facón con el que infringió una herida a su atacante.

  El duelo criollo desparejo por las armas, pero encendido en una pasión equivalente, dejó a ambos contrincantes seriamente heridos quienes fueron asistidos prestamente por sus amigos que se aproximaron a auxiliarlos. Inmediatamente se organizó el traslado de los heridos a la ciudad para su curación y tratamiento.

Lamentablemente uno de los duelistas pereció antes de ser atendido por los médicos: la bala, rápida y precisa, atravesó el cuerpo de uno de ellos produciendo una herida menor; el cuchillo, sagaz y cortante, determinó heridas internas que desangraron a la víctima en poco tiempo.

La otra herida, la del amor, persistió durante mucho tiempo en el alma de aquella muchacha desolada.

                                                                                             Phil 2010    al_phil2006@yahoo.com.ar

 

El  4  Ele

Mi primer auto apareció en mi vida poco tiempo después de comenzar la vida profesional al frente de mi propia farmacia. Hasta ese momento usaba el Falcon de mi viejo quien me dijo: "El hijo del tapicero de Junín vende su auto" y comenzó las tratativas para adquirirlo.  

    Fuimos a verlo y estaba como nuevo con apenas dos años de uso: era modelo 1967. Ahí nomás se hicieron los papeles y me abrí camino con mi primer vehículo propio.

   Años más tarde y algunos meses después de casado, hicimos con mi esposa y un amigo de Rodolfo, el flaco Woudwyk, concurrente al club de Planeadores, un viaje de fin de semana para conocer Entre Ríos y regresar por Santa Fé.

   Salimos un sábado luego del mediodía hacia Zárate para cruzar el Paraná y hacer noche en Gualeguay.

    Una vez en Zárate ubicamos las barcazas que hacían el cruce de vehículos y personas, y luego de una espera de media hora, cruzamos ese mar de agua dulce hacia un islote intermedio. Luego otra barcaza nos acercó a las costas de Entre Ríos donde desembarcamos con la tarde ya a oscuras.

    Un camino terraplenado, la ruta 12, se elevaba sobre los bañados adyacentes saturados de ranas chillonas que croaban al unísono y ensordecían los oídos de los viajeros de Renault 4L.

    Habíamos olvidado la camisa de repuesto para el sol de noche y en el primer boliche que apareció en ese camino, pues vimos un cartel y una luz a la vera de ese terraplén que anunciaba el negocio, bajé del auto y dirigí mis pasos hacia esa luz salvadora para comprar el elemento faltante.

   Descendí la pendiente de la banquina y encontré un boliche de ramos generales con varios parroquianos acodados al estaño del mostrador sorbiendo algunas cañas, licores o simplemente vasos de vino bajo la luz de otros faroles.

  Mi aspecto por esos años era usar cabello un poco largo y una tupida barba, más cercano a un hippie que a un profesional de la salud, cosa que llamó la atención de los parroquianos cuyo murmullo pareció decrecer en intensidad mientras trataba de conseguir la camisa del farol consultando con el que atendía el mostrador.

    Llevé dos unidades del repuesto en cuestión, agradecí al cantinero su amabilidad, escuché que se incrementaba el murmullo de los parroquianos cuando me retiraba y el croar de las ranas me volvieron a la realidad.

    Subí al auto, comenté las novedades a los pasajeros y reanudamos el camino a Gualeguay.

    Llegamos muy tarde en la noche entrerriana, cenamos algo en un lugar de paso y acampamos cerca de la costa del río donde armamos la carpa de mi suegro que habíamos llevado para pernoctar.

Se insinuaba una pequeña llovizna y tratamos de descansar luego de la agitada jornada de viaje sin parar, solo para cargar combustible y algo de aceite que el motor del Renault consumía en exceso.

    La mañana amaneció con llovizna moderada y nuestro lugar en el camping, que era cercano a la costa del río, se había encharcado por la creciente de ese arroyo producida  por la reciente lluvia.

    Levantamos nuestras pertenencias apenas húmedas y las llevamos al auto. Desayunamos en un bar y seguimos rumbo a Paraná, la capital, ubicada sobre el río homónimo.

   Según el mapa la ruta indicada nos permitía ahorrar unos kilómetros pero un puente había sido inutilizado por la reciente crecida del río y debimos buscar otro puente más lejano camino a Rosario del Tala. 

   Cuando pregunté a un lugareño por esa ciudad la nombré “Rancho 'el Tata”, como un club de polo cercano a Junín.

   El hombre no entendió nada y mis compañeros de viaje rieron por esa confusión.

   Al atardecer llegamos a Paraná y la ruta hacia Santa Fé nos llevó por el túnel subfluvial de reciente inauguración. 

   Visitamos la plazoleta previa al cruce donde se explicaban las etapas de la construcción de la obra. Desde allí seguimos camino a Rosario, al anochecer pasamos por el Monumento a la Bandera, tomamos unas fotos y luego de una merienda seguimos a Junín para arribar luego de las 12 de la noche.

    Una aventura de 40 horas de viaje, conociendo lugares turísticos y con un auto que gastaba más de aceite que de nafta

Circa 1973……….


De Pares e Impares


      En mis años de soltería era habitual que hiciera todos los mandados hogareños y comerciales fuera del horario de trabajo. Pasado el mediodía bajé las persianas de la farmacia, ingresé a la casa y cociné una minuta pues tenía que ir al banco antes de las 15.00 hs.


    Como la noche anterior me había acostado muy tarde, después del frugal almuerzo me saqué los zapatos y me recosté para hacer una siestita en mi cama de una plaza.


    Luego de una hora y media me desperté sobresaltado, miré la hora y pegué un grito


    - ¡¡El banco!!


    Faltaban 15 minutos para la hora del cierre y tenía que efectuar unos depósitos para cubrir cheques de proveedores. Rápidamente calcé los zapatos que estaban debajo de la cama, tomé el dinero, salí de casa y trepé al Renault 4L estacionado en la calle. Volaba por la Avenida San Martín, pude estacionar a 45° en la plaza y llegué dos minutos antes del cierre al banco.


    En esos minutos finales de la atención,  los bancos se abarrotan de gente que como yo esperan a último momento para hacer sus diligencias. Había una fila de ocho o diez personas previas más tres o cuatro detrás de mí. Multiplicada por las 4 cajas abiertas al público era una multitud hablando entre sí y esperando su turno.


    Bajé la vista pues pensaba que se apagarían un poco los sonidos, pero ahogué un grito propio cuando descubro que mi calzado se componía de un zapato mocasín color marrón y el otro negro.


     Traté de esconder un pie debajo del otro, pero se hacía más evidente la diferencia y de esa manera no podía caminar. Por suerte pude terminar el trámite bancario sin que nadie me señalara esa diferencia en el calzado.

 

Si alguien me hubiera preguntado algo respecto de mi calzado de color distinto, ya tenía la respuesta:

                        "En casa tengo otro par igual..."

 


LLegar


     Debíamos de salir de casa a eso de las cinco de la mañana para trasladarnos desde Ciudadela hasta aquel pueblo donde mi padre hacía las veces de Farmacéutico. Porque con sus conocimientos de preparador de recetas, idoneidad en la materia y mediante certificado de la Dirección Nacional de Higiene, podía gerenciar, explotar y  asumir las responsabilidades de una Farmacia única en un pueblo de provincia. Y hacia allí partimos ese día a las cinco de la mañana en las recién iniciadas vacaciones de invierno con mis recién cumplidos ocho años.

     Junto a mi madre y mis dos hermanas tomamos un colectivo en cercanías de mi domicilio que nos llevó hasta Liniers y desde allí otro nos acercó hasta Caseros para luego tomar allí el tren local que nos aproximaría a la estación donde paraba el de larga distancia que abordaríamos para llegar al pueblo donde trabajaba mi padre. El tren local del San Martín nos llevó hasta José C. Paz y al poco tiempo llegó el esperado tren el cual abordamos, entusiasmados, con todas nuestras valijas, paquetes y merienda. Fue recorriendo localidades cada vez más alejadas de la Capital y rodeadas de campos donde pastaban vacas, trotaban caballos y crecían los sembrados. Toda una novedad para mí que sólo conocía tramos del ferrocarril local pues asiduamente visitábamos parientes que vivían en Tte. Gral. Ricchieri, actual Bella Vista.

     Las ciudades y pueblos se sucedían cada vez más pausadas en el tiempo y luego de unas horas, pasado el mediodía, descendimos en Chacabuco donde aprovechamos para merendar algo mientras esperábamos la combinación de otro tren que nos llevaría hasta el pueblo donde estaba mi padre.

      Hora y media después se aproximó en una vía lateral una negra y chirriante locomotora de vapor que arrastraba dos coches de pasajeros y un furgón de encomiendas. Con sus vagones de madera, era lo más parecido a aquellos trenes que veíamos en las películas del oeste: trenes cortitos y asientos duros para los pasajeros. El guarda ya anunciaba la próxima partida y los pasajeros nos acomodamos en los lugares previstos.

     Luego de transitar los campos de la pampa húmeda, aparecía algún pueblito cuya estación de trenes era el nexo con la urbe a través de aquel convoy de tres vagones. Vino un segundo pueblo, luego un tercero y esperamos el siguiente, cuyo nombre ya conocíamos de memoria, pero nos encantó verlo en el cartel de la estación.

     Ya preparados para descender vimos el piso de carbonilla, las agujas de entrada y salida, el reloj, los muebles de madera lustrada: era una típica estación de pueblo, cuidada y atendida por un jefe y ayudantes. El tren frenó y descendimos.

     En el andén estaba mi padre esperándonos, y una alegría inmensa nos invadió al verlo pues tres meses atrás había llegado para hacerse cargo de esa Farmacia y solo conocíamos su quehacer por las visitas periódicas que mi madre realizaba al pueblo llevando mercaderías y perfumes para la venta.

     Eran las tres de la tarde y la aventura en el tren había concluido...... no.... aún sigo esa aventura añorando aquellos trenes que nos llevaban a cualquier pueblito del interior del país, pensando en el futuro y siguiendo su evolución en los países que apostaron por un transporte de pasajeros y carga menos contaminante y más económico.                                                       

  Publicado por tonio en 20:11 

 

 

 

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La confesión del Juez

 Hola Mabel!! una foto con que alguien recordaba bares emblemáticos.... 

   Me contó Jorge, tu padre, que un juez parroquiano de restaurant golpeó repetidamente la puerta de servicios sobre Riobamba, pues estaba cerrada porque lavaban el piso antes de la reapertura de la tarde, para poder entrar rápidamente. 

    Jorge le abre pues lo conocía y le pregunta el porqué de su prisa en ser atendido a esas horas. El Juez vociferaba y solicitaba: 

   "¡Déme un trago!... ¡algo fuerte!...¡Ahora le cuento!" y se acomodó en una mesita chica. Jorge le alcanzó lo solicitado y el Juez, ya más calmo, relató que estaba en el bar de enfrente tomando un café en una mesa que daba a la calle y entraba un aire refrescante a esa hora, mientras se entretenía mirando el pasear de la gente por la vereda. 

     En ese instante y con la mente en otras cosas, ve que una de las personas que paseaban por la vereda se detiene frente a su lugar y le dice: 

   "¡Hola, Juez!... Usted me mandó a la cárcel hace dos años...Se acuerda???" El Juez se quedó sin habla y palideció por unos segundos, recordando a ese ratero al que condenó a prisión, y el de la vereda aprovechó ese silencio para seguir su camino despaciosamente. 

    Pagó el café que estaba tomando y rápidamente cruzó la calle para refugiarse en el RIOBAMBA. 

   "¡Dígame que hago ahora que el tipo sabe dónde me puede encontrar!". Jorge le dijo que no se preocupara, que seguro era un ladrón de poca monta al que quizás le hizo un favor y haya regresado a una vida normal. 

    El Juez, ya calmado y reconfortado por la intervención de Jorge, quiso abonar el coñac servido pero "¡La casa invita!" fue la respuesta de mi cuñado.

 

A pura costilla... en las playas de San Clemente ...
          CATEA
                                                            El mar, las olas, la playa y un abrazo simétrico con mi amigo de cuadra en Ciudadela.
   Él venía a mi casa por las tardes luego del horario escolar y jugábamos a los cowboys, con autitos y con la ruedita y un alambre.
   Yo lo visitaba en su casa y mientras su madre preparaba la cena y escuchaba las novelas de Héctor Bates por la
radio ("El Hormiga Negra", entre otras), jugábamos a las cartas y esperábamos la llegaba del padre que era chofer de colectivos de la línea 136.
   Apenas llegado nos saludaba y sentado a la mesa desplegaba las planillas de control de boletos y registraba la venta de estos tomando nota de los remanentes en la máquina boletera que se utilizaba entonces.

    Contaba la recaudación apilando billetes de distinta denominación y las monedas desde la máquina de clasificación y acumulación de níqueles.

    Algunos fines de semana el colectivo permanecía todo el día en la calle y jugábamos en él y hacíamos que manejábamos alternativamente.

     El colectivo tenía su espejo frontal decorado con guirnaldas de cordones y la palanca de cambio tenía un dado que se iluminaba al frenar.

     Algunas veces el padre nos recriminaba que no encendiéramos las luces del colectivo pues se quedaría sin batería al día siguiente cuando quisiera arrancar el motor para ir a trabajar
      La misión era dejarlo limpio y juntábamos los boletos descartados por los pasajeros buscando los capicúa. A esta experiencia vivida, a veces menciono mi pasado como colectivero circunstancial. Ya en el porche de mi casa, yo, el sheriff, había capturado al ladrón de vacas al que até con un cordel las manos a la espalda y los dos tobillos para que no escapara. Así la situación le indiqué:
      “¡Camina al calabozo!” y con un suave empellón toqué su hombro; ¡para qué!? : él quiso caminar y cayó al piso de baldosas con sus manos atadas a la espalda que le impidieron resguardarse del golpe.

      ¡Pobre Catea! La barbilla sangrante por un corte de un centímetro fue asistida rápidamente por mi madre con agua oxigenada y me llevó de la oreja a pedir perdón a la madre de Catea.


        Pie de foto: Reveo esta historia y pienso si en ese momento ¿no estaría yo abrazando a un futuro Beatle? 

— en Playas de San Clemente del Tuyú  Tonio Almagro      Tonio de Almagro

rdSnpsetoout15o26i1trdm 0ul gfc7hugml2egabuhe4tc l70 22de8ci  · San Clemente del Tuyú, Provincia de Buenos Aires  · 

El 24 de Junio

   Ocurrían cosas un 24 de Junio: al anochecer se encendían las fogatas de San Juan y sobre el rescoldo de las brasas los vecinos reunidos en el campito de la esquina cocinaban batatas y zapallos mientras los chicos jugábamos con las brasas desparramando chispas. Por estas latitudes, el recién comenzado invierno, colmaba la atmósfera de frío y nubes bajas y venían bien las fogatas, pero en el hemisferio Norte se vivía de otra manera, y así lo contaba un poeta español

¡ Quién hubiese tal ventura

sobre las aguas del mar

como hubo el Conde Arnaldos

la mañana de San Juan !

Con un falcón en la mano

la caza iba a cazar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar.

Las velas traía de seda,

la ejarcia de un cendal.

Marinero que la manda

diciendo viene un cantar 

que a la mar facía en calma,

los vientos hace amainar,

los peces que andan nel hondo

arriba los hace andar,

las aves que andan volando

nel mastel las faz posar

.Galera, la mi galera,

Dios te me guarde de mal,

De los peligros del mundo

sobre aguas de la mar,

de las fustas de los moros,

que andaban a saltear

Allí habló el conde Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

Por Dios te ruego, marinero

dígasme ora ese cantar.,

Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar: :

Yo no digo esta canción

sino a quien conmigo va. 

 Me ha seguido este Romance desde Literatura de 4to año del secundario, y otros que recuerdo menos.  Los días, por estas fechas, comienzan a sentirse un poco más iluminados pues el sol se queda más tiempo en el cielo.

 

 

 

 

    LLegar... 1

     En tren a Villa Rosa                  …………….                    ……………….                …………            …..2

Los Asaltos del Pueblo. 3

El Club del Pueblo. 4

El tren del pueblo. 5

    El tren del pueblo. 6

La Escuela (Capítulo I) 7

La Estancia. 8

     El tren del pueblo. 9

La Copa de vino. 10

El Leìa. 11

El tren del pueblo                                                                         12                            La Piedra en el Tren                              …………           …………13

Rayuela.. 14

El Circor       …..                                                                           15

Amor en el Circo. 16

Peligro en el Circo. 17

Mis inicios futbolìsticos 18

Mi novia Mariana. 19

El matadero. 20

 Mis inicios Musicales ……………… ……            ………………21                      

" ♪♫ Tengo tres(cuatro) patitos ♪♫ " 22

Doña Marta. 23

Duelo en la Noche    24

Llegar 25

Fotos varias. 26

 

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El Matadero

El tren del pueblo