El tren del pueblo
El tren del pueblo
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Era el acontecimiento bisemanal que sacaba del letargo a aquel pueblo de quinientos habitantes. Pasaba a la mañana hacia la ciudad y regresaba por la tarde hasta la última estación del ramal. Como yo concurría a la escuela a la mañana, en horas de la siesta íbamos con los chicos a ver el paso del convoy que constaba de una locomotora a vapor, su tender, el vagón de mercancías y correo, y uno o dos coches de pasajeros.
Diez minutos antes del arribo veíamos el movimiento del personal
ferroviario: el telégrafo repicaba insistentemente, el guardagujas bajaba la
señal de acceso a la estación, y verificaba los cambios de vías, el jefe
tañía la campana, con lo que preanunciaba la llegada en horario del
tren. La gente en el andén aguardaba ansiosa a algún familiar que había anunciado su llegada y los comerciantes esperaban los pedidos que habían efectuados a los mayoristas de la metrópolis. Para mi padre, el farmacéutico del pueblo, llegaban los jabones Manuelita, las colonias y perfumes en grandes cajas de cartón o madera, que luego transportábamos a la farmacia. Pero los chicos esperábamos el desembarco
de los rollos de película que semanalmente nos proveían de entretenimiento y recreo en las funcio- |
nes de los viernes y domingo en los dos cines con que contaba ese pueblo de tan solo quinientos habitantes. Llegaban entonces cuatro bolsas de lona atadas y precintadas con alguna etiqueta donde informaba el nombre de la película de su interior, que tratábamos de descifrar pues la letra era muy confusa. Películas nacionales de los años cincuenta y algunas extranjeras de vaqueros o gángsters eran las que habitualmente enviaban las distribuidoras cinematográficas a la consideración de las gentes del pueblo. (1) La rechinante y vaporosa locomotora, luego
de una estadía de cinco minutos, hacía rechiflar el silbato anunciando su
partida y lentamente el tren dejaba la estación. A veces colocábamos una
moneda en el riel y luego que el tren la pisara, recogíamos un medallón de
aspecto similar a una condecoración. En pocos días más se repetiría el
episodio a pesar del calcinante calor del verano que hacía a los caminos de
tierra inmensos arenales solo aptos para conductores expertos y de las
lluvias del invierno que los tornaba en lodazales y lagunas intransitables:
las vías en terraplén eran el constante vínculo de ese pueblo comunicándolo con otras poblaciones
de la Provincia. (12) Los Cines del pueblo Phil Domingo, 11 de agosto de 20 02 |
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