El Carnaval del Pueblo

                                     El Carnaval del Pueblo

                                                                                                            21 de enero de 2010 a las 22:08

 


    Las calles del estío, a diferencia de los lodazales del invierno, se presentaban como arenales quemantes cuando salíamos a jugar en las horas de la siesta. Febrero se anunciaba como una sequía eterna y para refrescar el ambiente y evitar que volara la arena, el regador municipal impregnaba con agua las soleadas calles del pueblo.

   Una semana antes que comenzaran las carnestolendas, en la calle principal se comenzaban a ver los preparativos para el corso que se desarrollaría frente al club. A fin de iluminar esa arteria con guirnaldas multicolores se erigirían seis o siete postes en el centro de la calle separados por unos quince metros, los que a la vez de permitir el tendido de luces y audio servirían para separar ambas manos por donde circularían los paseantes. Los empleados municipales cavaban los pozos equidistantes por la mañana y a la tarde colocaban los postes y emparejaban la calle.

    En esos días estaban de visita unos primos que vivían en Bella Vista, Provincia de Buenos Aires, Rolando y Benjamín con quienes en horas de la siesta juntàbamos agua en baldes e inflábamos globos para arrojarlos a las chicas de la otra cuadra.

    Corríamos de un lado a otro recargando nuestros equipos acuáticos y amagábamos y mojábamos a las chicas que se nos cruzaban en la calle.

   En una de esas embestidas ellas nos sacaron ventaja y nos corrieron cuando nos quedamos sin elementos de juego, o sea los baldes vacíos y sin globos de agua. Corrimos a refugiarnos en casa y a recargar los cacharros cuando, en un giro imprevisto para huir del acoso acuìfero, el primo mayor se llevó por delante uno de los postes que estaban en el medio de la calle. Tan grande fue el golpe que quedó tendido en el suelo, adolorido y con una ceja sangrante. Enseguida se levantó gritando y corrió hacia nuestra casa a acomodarse un poco, se ató un pañuelo en la frente y salió nuevamente, enfurecido, a correr y mojar a aquellas chicas que causaron su dolor.

     Más tarde y pasado ya su enojo, luego del consabido baño y una cena ligera, fuimos con el primo, su ceja emparchada y su hermano, a ver como los habitantes del pueblo recorrían la calle engalardonada, con sus niños disfrazados de Zorro o Súperman, de bailarina u holandesa las niñas, y mascaritas diversas los adultos. 

    Las batallas ahora eran con papel picado y serpentinas, y ya no había que correr a nadie sino sorprenderse de los bellos trajes de los disfrazados y las carrozas (camionetas de los chacareros) adornadas con papel y guirnaldas de colores donde se paseaban bellas muchachas con sus mejores disfraces.

                                                                                                     Morse, circa carnaval 1959

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